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¡Perú no puede volver a equivocarse!

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17.03.2026

El restablecimiento del flujo de gas natural desde Camisea, tras la reciente emergencia, debería ser motivo de alivio. Pero sería un monumental error permitir que ese alivio se convierta en olvido. Lo ocurrido no es un incidente aislado: es el resultado directo de veintiséis años de negligencias acumuladas, durante los cuales el Perú decidió —hasta permitió— depender de un solo ducto para sostener su electricidad, su industria, su transporte y la vida cotidiana de millones de ciudadanos. El sistema operado por Transportadora de Gas del Perú es, en rigor, un corredor energético: una autopista crítica por donde discurren dos productos esenciales para el país. Por una parte, el gas natural que alimenta generadoras eléctricas, industrias y el sistema de transporte a GNV. Por otra, los líquidos de gas natural (LGN), condensados y componentes pesados para producir GLP y otros derivados indispensables. Todo aquello fluye por un único corredor que conecta la planta Malvinas, en Cusco, con la costa central. ¡Ese corredor es la columna vertebral energética del Perú! Y, sin embargo, durante más de dos décadas ningún gobierno construyó —ni exigió— un ducto paralelo, algún bypass operativo u otra infraestructura de contingencia. ¡Ninguno! Desde el diseño inicial del proyecto —a finales de los noventa— hasta las discusiones tardías de 2024-2025, el Perú avanzó sin un plan B, como si la ingeniería fuera infalible y la realidad incapaz de sorprendernos. La reciente deflagración lo dejó en claro: cerrar ese ducto —aunque sea por pocos días— paraliza al país. No existe alternativa. ¡No tenemos redundancia! ¡Tampoco hay seguridad energética! Y esa vulnerabilidad no es obra del azar, sino fruto de malas decisiones políticas, regulatorias y técnicas que se acumularon sin corrección durante más de un cuarto de siglo. Por eso, el próximo gobierno —del signo que fuere— tiene una responsabilidad ineludible: proyectar y ejecutar, dentro del plazo más breve posible, un segundo ducto que garantice continuidad del suministro. Nunca más improvisaciones. No más postergaciones. Tampoco excusas. Un país que aspira a ser serio no puede sostener su matriz energética sobre una sola línea de vida. Pero esta vez, la responsabilidad no recae solamente en quienes gobernarán. También recae en quienes elegirán. Durante años, los peruanos han votado movidos por la rutina, la frustración o la ilusión momentánea, sin evaluar con rigor la capacidad técnica, la solvencia ética o la visión de quienes aspiran a conducir el Estado. Y cada voto apresurado ha tenido consecuencias que hoy se sienten en los hogares, en las empresas, en los hospitales y en nuestra economía entera. Ha llegado el momento de asumirlo: el Perú no puede darse el lujo de elegir sin pensar. No puede seguir apostando por el “cualquiera”, por el “a ver qué pasa” ni por el impulso del momento. La política no es un desahogo: es la arquitectura que sostiene —o derrumba— la vida de millones. Esta vez, los peruanos debemos votar con memoria, con criterio y con responsabilidad. Porque la estabilidad del país no depende solo de un ducto. Depende, fundamentalmente, de nosotros.

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