La Tercera Copa
En la Última Cena no había sólo una copa para que Jesús bebiera sino cuatro, según la milenaria tradición de la Pascua judía. Cuatro, como las promesas de liberación que le hizo Yhavé a su pueblo. Una de esas copas, la tercera, se bebía después de cenar y fue la de la Redención que se consumaría tres días más tarde en las afueras de Jerusalén, en el monte de la Calavera. Según la tradición judía, la sangre del cordero pascual salvó a los israelitas de la décima plaga, la matanza de los primogénitos. Según la tradición cristiana, la sangre de Cristo, derramada “para el perdón de los pecados, nos salvaría a todos. El ritual de las misas católicas repite a diario y de un confín a otro del mundo este simbolismo. Como en cualquiera de nuestras casas en una fiesta familiar, los israelitas celebraban la Pascua. Siempre con invitados porque la tradición exigía comer todo el cordero asado en la fecha, conjuntamente con pan ácimo y verduras amargas. La casa de la Última Cena estaba en lo alto de la colina de Sion. En el primer piso andaban las mujeres y los invitados, mientras que en la planta alta Jesús y sus discípulos celebraban la cena. Después de la segunda copa de vino, empezó el ritual que todos hemos escuchado: “Tomad y bebed todos de Él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados”. Lo que sigue de aquella noche y de los tres días siguientes ha sido contado infinidad de veces. Los símbolos son pocos: un huerto solitario, un gallo que canta al amanecer, una negación, una corona de espinas, un montículo que llaman de la calavera, una cruz, una mezcla de mirra y agua en la punta de un palo y algunas frases inexplicables, entre ellas dos: “ Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.” Y “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. En una cantera y sobre una piedra como las que tallaba con su papá, Cristo será crucificado pasado mañana. Le preguntarán qué es la verdad pero él no responderá porque la verdad no se dice sino se es. Ya ha apurado el jueves la tercera copa, la de la Redención, y no puede dar marcha atrás. Le aguardan un par de noches de cárcel y un corto camino hacia El Gólgota. Dos criminales que serán crucificados junto a él lo esperan. El gentío lo denostará o lo alabará en la confusa marcha. María y María Magdalena, las mujeres de su corazón, estarán con él hasta la hora nona cuando todo se haya consumado.
Jorge.alania@gmail.com
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