El arte de leer
Hay libros que impresionan desde la primera página; historias que atrapan desde el primer párrafo para convertirse, luego, en un río caudaloso que inspira emociones, reflexiones y valores desconocidos. Hay libros que te llevan de la mano a viajar por el mundo, a través de lugares y tiempos que la imaginación no concebía. Si te adentras con pasión en las páginas de Madame Bovary, de Gustave Flaubert, conocerás la Francia del siglo XIX posterior a la Revolución y la vida de la nueva burguesía que germinó con Napoleón Bonaparte. Si quisieras entender la historia de la península ibérica y cómo se formó la España en tiempos de Cristóbal Colón, bastaría con leer el Cantar de Mio Cid, ese canto de gesta anónimo. Pero si prefieres retroceder aún más para descubrir el Imperio romano de Julio César —la Roma de los tribunos y patricios, del comediógrafo Plauto y de la familia de los Escipiones—, podrías hacerlo con las trilogías de Santiago Posteguillo. Mario Vargas Llosa me enseñó en La guerra del fin del mundo que Brasil no siempre fue una república; supe que se independizó como una monarquía y que existió un lugar llamado Canudos donde, a finales del siglo XIX, el fanatismo religioso y las ideas republicanas colisionaron en la búsqueda del bienestar social. Del mismo modo, Arguedas en Yawar Fiesta me enfrentó desde joven a las desigualdades que mi abuelo mencionaba en sus recuerdos. Fue con Arturo Hernández, en Sangama, como conocí la selva amazónica y sus enormes boas, descubriendo que una serpiente vieja puede colarse en los pantalones de cualquier viajero despistado. Miguel Rubio del Valle decía: «Cuando leo, hago turismo sin moverme de mi habitación». Yo sonreía, porque eso era exactamente lo que me sucedía al tomar un libro. Con la poesía fue distinto. Mi abuelo declamaba Los heraldos negros y puso en mis manos un viejo poemario de Rubén Darío. «Hago mal, te vas a enamorar del amor», dijo, y no se equivocó. Luego llegó Neruda con sus Veinte poemas de amor, y comencé a escribir mis propios poemas, hasta que un día, por un sol compré en el transporte público un Munilibro, descubriendo a Manuel Scorza y sus versos comprometidos con una realidad que muchos prefieren ignorar, hasta hoy. Leer no es una pérdida de tiempo ni una simple afición que se está diluyendo con la modernidad. En esta era de inmediatez y globalización, donde se valora a la persona solo por lo que consume y como un objeto de marketing, la lectura resiste, nos hace humanos particulares. Es una actividad compleja que activa nuestra red neuronal e integra la visión, pues visualizamos lo que leemos. Desarrolla el lenguaje, expande el vocabulario y activa la memoria, ya que la mente construye recuerdos del texto como una «película mental» que conecta con nuestras emociones y fomenta la empatía. Leer reduce el estrés, mejora la salud y permite dormir mejor. Nada genera tanta serotonina y oxitocina como la experiencia de visitar lugares que antes solo habitaban en el papel. Me sucedió de joven, al conocer el Country Club y caminar por San Isidro, escenarios descritos por Bryce Echenique en Un mundo para Julius. O cuando recorrí la calle Polvos Azules, detrás de palacio de gobierno presente en Adiós al Séptimo de Línea, de Jorge Inostroza. Leer es un arte que trae beneficios. Anímate.
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