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Maduro: Entre la rendición pactada y la utilidad negociadora

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06.01.2026

La historia, cuando se precipita, suele producir más preguntas que certezas. La reciente captura de Nicolás Maduro, ejecutada en una operación quirúrgica sin precedentes, ha desatado múltiples lecturas. Dos teorías en particular, que circulan con fuerza en círculos políticos y académicos, ofrecen claves valiosas para entender el trasfondo de este episodio. Una se centra en la lógica del poder real que aún controla Venezuela. La otra, en la sospechosa fluidez de una operación militar que, según los hechos, parece haber sido pactada más que combatida.

La primera teoría es incómoda, pero profundamente realista: en las transiciones duras no se negocia con quien tiene la razón moral, sino con quien tiene el control de las armas. La oposición venezolana —por legítima, valiente y popular que sea— no posee hoy el monopolio de la fuerza. El chavismo armado, todavía operativo, conserva el poder disuasivo. Por eso, Estados Unidos, en su lógica de pragmatismo político, ha comenzado a dialogar no con María Corina Machado ni con Edmundo González, sino con figuras como Delcy Rodríguez. No se trata de afinidades ideológicas, sino de pura utilidad estratégica.

Delcy Rodríguez, a pesar de su carga simbólica como rostro del régimen, representa la continuidad administrativa, el canal con el poder duro y la capacidad de ejecutar órdenes en una fase crítica de transición. María Corina, en cambio, no puede garantizar paz en el terreno ni contiene al aparato armado; en este momento, su fuerza es moral y política, pero no operativa. Edmundo González, por su parte, es visto como figura de legitimidad electoral, valioso para el proceso, pero aún ajeno al control efectivo del país.

Desde esta perspectiva, la transición venezolana deberá atravesar tres fases claras: primero, controlar el caos y evitar un colapso institucional; segundo, reorganizar el poder con actores aceptables; y solo entonces, en una tercera etapa, abrir paso a la legitimación democrática mediante elecciones. Es una lectura fría, pero necesaria.

La segunda teoría, no menos reveladora, sugiere que la “captura” de Maduro no fue el resultado de una operación militar clásica, sino la culminación de un acuerdo político. ¿Cómo es posible que once helicópteros estadounidenses ingresaran al espacio aéreo más vigilado de Sudamérica, con sistemas antiaéreos rusos y radares chinos, sin sufrir un solo impacto? ¿Cómo capturar al hombre más protegido del continente sin resistencia y con absoluta precisión?

La hipótesis de un pacto interno cobra fuerza: la defensa aérea no falló, fue desactivada por orden directa. La operación limpia sugiere que Maduro fue entregado por su entorno o incluso por él mismo, como parte de una negociación mayor. La narrativa de una captura permite que el dictador conserve cierto misticismo ante sus bases, al presentarse como mártir secuestrado, no como traidor derrotado. Para Estados Unidos, en cambio, ofrece una victoria geopolítica rápida, sin las consecuencias impredecibles de una guerra de ocupación.

Ambas teorías no se contradicen: se complementan. La salida de Maduro —ya sea pactada o forzada— no implica que el poder chavista haya sido completamente desmontado. Su estructura criminal, su red de lealtades armadas y sus operadores clave aún respiran. Por eso, la negociación actual se da con quienes pueden apagar el incendio, no con quienes representan el futuro político. María Corina, sin duda, sigue en el tablero.

Pero su papel es el de legitimadora, no el de negociadora inicial. Meterla ahora sería como convocar elecciones en medio de un incendio forestal.

Desde el Perú, donde los efectos de la crisis venezolana se sienten en carne viva a través de la migración masiva, la informalidad y la presión social, urge observar este proceso con mirada estratégica. No basta con celebrar la caída de un dictador: hay que entender las dinámicas del poder que sobreviven. Y sobre todo, prepararse para el día después.

Porque, como advierte la lógica más cruda de la geopolítica: en política, no decidir también es decidir. Y hoy, más que nunca, Venezuela está decidiendo su futuro, aunque no necesariamente con los actores que muchos esperaban.

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