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El aislamiento de Purús: una deuda histórica

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17.03.2026

Durante años, Purús ha sido una provincia invisible para el Estado peruano: invisible en el presupuesto, en las políticas públicas y en las prioridades nacionales. Pero para quienes hemos llegado hasta Puerto Esperanza, su capital, esa invisibilidad resulta imposible de ignorar. En 2024, como comandante operacional de Ucayali, realicé varias visitas de trabajo a Purús, algunas en representación del ministro de Defensa y llevando ayuda humanitaria. Lo que encontré fue una realidad conmovedora: una población que sobrevive en condiciones de aislamiento extremo, con carencias estructurales que afectan su salud, su economía y su dignidad. El problema de fondo es claro: la falta de una carretera. Purús, en el departamento de Ucayali, es una de las provincias más aisladas y menos atendidas del país. Solo se puede llegar por vía aérea o fluvial. Los vuelos son escasos, costosos y dependen del clima; el transporte fluvial puede tardar varios días. En una emergencia médica, esta realidad no es solo una dificultad logística: puede significar la diferencia entre vivir o morir. El aislamiento también golpea la atención preventiva en salud. El traslado de vacunas, medicamentos, equipos médicos y personal especializado es limitado y costoso. Esto provoca retrasos, interrupciones de tratamientos y el resurgimiento de enfermedades prevenibles. A ello se suma una herida abierta: la paralización del hospital de Puerto Esperanza desde 2017 por problemas con la empresa constructora. Ocho años después, la población sigue esperando. En el plano económico, la falta de conectividad limita el comercio, frena la inversión y reduce las oportunidades de empleo. Purús no solo está lejos del resto del país; está atrapada en un círculo de abandono. El debate sobre su futuro también ha estado marcado por el rol de algunas ONG. Si bien su aporte en la protección ambiental y de los pueblos indígenas es valioso, parte de la población siente que ciertas organizaciones priorizan exclusivamente la conservación del bosque y se oponen a cualquier proyecto de integración vial sin comprender la realidad local. Esa percepción ha generado tensiones y un profundo sentimiento de postergación. Desde hace décadas, los habitantes de Purús reclaman lo mismo: una carretera. No como un capricho, sino como una necesidad para acceder a salud, educación, mercados y desarrollo. En ese contexto, la vía Puerto Esperanza–Iñapari aparece como la alternativa más corta y viable para integrar a Purús con Madre de Dios y reducir su histórico aislamiento. El debate ambiental es legítimo, pero no puede convertirse en un argumento para negar indefinidamente el derecho de una población a una vida digna. La protección de la biodiversidad y de los pueblos indígenas en aislamiento debe ir de la mano con soluciones técnicas responsables, no con la inmovilidad. Mientras ese debate continúa, hay una urgencia inmediata: contar con aeronaves para evacuaciones médicas y atención de emergencias en zonas remotas. Estas también cumplirían un rol estratégico en la vigilancia de áreas protegidas amenazadas por actividades ilegales, como el narcotráfico y la minería ilegal. Hoy, Purús no necesita más diagnósticos. Necesita decisiones, presencia real del Estado, inversión sostenida y voluntad política para saldar una deuda histórica. Visitar Purús es entender que el aislamiento no es solo geográfico: también es humano. Y seguir postergándolo es aceptar que, para algunos peruanos, el derecho a la salud y al desarrollo sigue siendo una promesa incumplida.

Por Contralmirante (r) Giancarlo Pinto Vindrola

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