Debates presidenciales
Estas elecciones generales de 2026 en el país son atípicas en todo. Nunca hubo tal cantidad de aspirantes a la Casa de Pizarro, ni una cédula de votación desproporcionadamente enorme ni tan confusa como para no perderse en el intento de escoger bien al candidato de su preferencia. Y, para remate, el Jurado Nacional de Elecciones viene realizando el debate presidencial con un formato de temas segmentados y un minuto por candidato para exponer su plan de trabajo y dos más para responder preguntas del público y de los periodistas moderadores; es decir, una locura, además de kafkiana. Los debates de elecciones pasadas sí permitían que los candidatos —que no eran numerosos, hay que decirlo— expusieran sus programas y planes de trabajo. O, cuando menos, se esforzaban en presentarlos ordenadamente. Claro que los niveles de odio y rencores ocultos entre contendores eran mucho menores a los que se fueron cultivando en el país en las últimas dos décadas. Ahora se endilgan con facilidad y extrema irresponsabilidad los adjetivos más deshonrosos con el único propósito de descalificar moralmente a quien no piensa como el agresor, que se muestra como un dechado de todas las virtudes. Los debates presidenciales, que se iniciaron el lunes de esta semana y concluirán el 1 de abril, han sido estructurados para seis fechas, en jornadas conformadas por cuatro grupos por fecha, con tres integrantes cada uno, de modo que serán 35 candidatos los participantes en total. En las primeras tres fechas solo se ha podido mostrar una orfandad de argumentos, debido a la impericia de muchos de los participantes y a la ausencia de contenidos programáticos que hagan interesante el motivo de su participación. Los candidatos abusaron, en su generalidad, de ser repetitivos en sus eslóganes de campaña, más que en la explicación de los mismos. Se mostraron más interesados en encontrar titulares para sus mensajes, pensando en cómo viralizarlos en las redes sociales o ganarse un espacio en las páginas informativas o en las portadas de los medios de información convencionales. Los candidatos, que no gustan de ser considerados políticos tradicionales, se ven ahora aliados, o mejor, subyugados, por influencers y tiktokers de textos breves y contenidos de impacto para llegar a los públicos que buscan convencer. Es una de las razones que explican por qué los debates se han convertido en teatralizaciones de contenidos pobres y sin mayor significación, en espacios de talk show que solo buscan distraer. Veamos. ¿Qué es lo que más recuerdan de los debates ya realizados? ¿Las propuestas? ¿Las obras que realizarán llegando a Palacio de Gobierno? No, nada de eso. Recordarán, seguramente, algunas intervenciones insólitas, jocosas y memeables que entusiasmaron rápidamente a los internautas y se viralizaron en las redes sociales. Los segundos más memorables fueron, sin duda, aquellos en los que el candidato Carlos Álvarez hizo gala de su oficio como reconocido maestro de la imitación. En pleno debate, miró a su contrincante César Acuña y lo imitó con exactitud, arrancando risas espontáneas e inundando las redes con esa imagen. Otro gesto de impacto fue cuando el candidato Fernando Olivera agitó las manos para llamar a César Acuña prácticamente el “Pablo Escobar del norte”, acusándolo de estar comprometido con el narcotráfico, ganándose un juicio en lo penal. Los golpes bajos y famosos “puyazos” fueron el plato fuerte. Entre las palabras más utilizadas estuvieron “corrupción”, “narcotraficante”, “jefe de banda criminal” y “asesino”, que sirvieron para atacarse recíprocamente. Hasta aquí el avance de los debates, a ratos surrealistas. Esperemos que los que vengan sean más productivos y de mayor altura, como se espera.
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