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El fin del ciclo de Boric. Por Ignacio Imas

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13.03.2026

Aquel Chile que eligió a Boric y lo situó en el Ejecutivo, cambió de manera sumamente acelerada. La euforia que se vivió fuera de la denominada “Moneda Chica”, donde cientos de personas lo aguardaban con el fervor propio de una estrella de rock, le terminó dando la espalda.

La elección de Gabriel Boric en 2021 constituye el resultado inevitable de su propio contexto histórico. El Chile de aquel entonces todavía lidiaba con las profundas consecuencias derivadas de lo que significó octubre de 2019, alimentando esa convicción colectiva de que se requerían cambios estructurales urgentes en nuestro modelo de desarrollo actual.

En ese escenario, el Frente Amplio emergió como la respuesta política que encajaba con precisión. Sus cuadros habían sostenido y proyectado esa narrativa desde 2017 junto a Beatriz Sánchez, quien estuvo a punto de superar al representante de la izquierda tradicional, Alejandro Guillier.

Fueron apenas poco más de cien mil votos los que no los instaló en el balotaje de segunda vuelta, quedando en aquella oportunidad específica con la marcada sensación de que “la próxima elección es nuestra”. Y efectivamente así ocurrió, gatillado en gran medida por las notorias falencias exhibidas por la administración de aquel momento para gestionar la crisis social y política, sumado a la insuficiencia a la hora de manejar la crisis a nivel de transferencias de ingresos directos a las familias en pandemia; parecía evidente que se necesitaba un cambio de liderazgo y un rumbo estratégico importante.

Sin embargo, aquel Chile que eligió a Boric y lo situó en el Ejecutivo, cambió de manera sumamente acelerada. La euforia que se vivió fuera de la denominada “Moneda Chica”, donde cientos de personas lo aguardaban con el fervor propio de una estrella de rock, le terminó dando la espalda.

Sin percatarse del todo, la nueva elite dirigente no logró dimensionar que el problema de la seguridad pública se desbordó, evidenciando que no se encontraban preparados para enfrentar aquel complejo escenario. Del mismo modo, no tomaron razón de que amarrar su suerte política a una Convención Constituyente que se percibía como separatista respecto a las grandes mayorías, tendría finalmente un mal derrotero. Probablemente, estas sean dos de las principales variables que explican por qué las izquierdas no consiguieron dominar, desde un inicio, su gestión.

Los políticos tienden a interpretar los momentos históricos de forma que les resulten cómodos; como consecuencia de ello, se autoconvencen de que sus éxitos son más duraderos de lo que realmente dictamina la realidad, y este factor constituyó la base de la derrota cultural del hoy presidente saliente.

Sus partidarios interpretaron su victoria electoral como un momentum cultural absoluto, donde se creía que una parte sustancial del país veía e interpretaba la realidad bajo sus mismos ojos. Parte de aquello es cierto, pues existe una crítica legítima sobre cuestiones básicas como los derechos sociales, pero dicha sintonía no se extendía al resto de su agenda.

Las personas no están dispuestas a ceder en sus intereses individuales para que otros obtengan beneficios; así lo interpretó muchas veces la ciudadanía frente a la idea del reparto en una reforma previsional. Asimismo, las personas no muestran mayor interés en las políticas identitarias; por el contrario, suelen manifestar rechazo o temor hacia lo que perciben como algo “distinto”.

Por lo tanto, de ahí en adelante, la gestión de la administración Boric se convirtió en una dinámica de pérdida de capital permanente. El ejemplo más nítido de la situación anterior fue la tramitación de la reforma de pensiones. Es indiscutible que el gobierno saliente logró concretar lo que las dos últimas administraciones previas no pudieron; no obstante, respecto a ese logro, resulta imperativo señalar que el resultado final cuenta con múltiples autores, o al menos eso es la proyección que emana de los hechos.

Este ánimo puede gatillarse porque el resultado obtenido finalmente fue una legislación mucho más consensuada y dialogada que la idea original propuesta por el presidente Boric, distanciándose también de las fórmulas planteadas anteriormente por los gobiernos de Michelle Bachelet y Sebastián Piñera.

Ahora bien, si observamos los graves casos de faltas a la probidad y transparencia, observamos el quiebre definitivo con la confianza de la ciudadanía. El presidente Boric llegó al poder cargado de una potente narrativa ética: “Nuestra escala de valores y principios dista de la generación que nos antecedió”, afirmaría en su momento el exministro y principal socio político, Giorgio Jackson.

Esto se mantuvo hasta junio de 2023, cuando se publica un reportaje sobre posibles aprovechamientos mediante convenios entre el Seremi de Vivienda de Antofagasta y una fundación ligada directamente al partido más importante del Frente Amplio. Hacia adelante, todo se tradujo en un desangramiento permanente en esta materia, al cual las autoridades nunca lograron ponerle un atajo efectivo.

Si avanzamos un poco más, específicamente en octubre de 2024, el medio La Segunda publica una nota sobre la existencia de una investigación gatillada por una acusación de abuso contra el entonces exsubsecretario Manuel Monsalve. Esto termina por derrumbar el otro pilar fundamental sobre el cual se construyó el relato de este Gobierno: el de una administración feminista.

Más que relatar los hechos, lo verdaderamente relevante es cómo el Gobierno no logró manejar esta crisis institucional de forma adecuada. Del mismo modo, no supo cómo reaccionar en reiteradas oportunidades, alargando innecesariamente el periodo de exposición pública. El retrato más fiel de esto ocurrió cuando el propio Gabriel Boric realizó un punto de prensa de 53 minutos, en el cual no supo detallar con certeza la cronología de lo ocurrido, y por si no fuera poco lo anterior, terminó reprendiendo a su jefa de Prensa frente a toda la audiencia en una suerte de cadena nacional.

Por último, tampoco su administración logró manejar eficazmente la política interna. Las denominadas “dos almas” de la coalición acompañaron el proceso durante su cuatrienio en distintas ocasiones.

Mientras los actores del oficialismo discutían públicamente por medios o redes sociales, mostrando diferencias sustanciales, el presidente no logró dirimir con éxito entre ambas posturas. Boric optó por dejar tranquila a cada una de estas posiciones y no tomar un partido definitivo, teniendo como consecuencia directa la pérdida de perfil que pudo haber tenido su gobierno.

¿De qué manera será recordado finalmente el Gobierno de Gabriel Boric? Solo el paso del tiempo podrá darnos la respuesta definitiva. Si lo evaluamos con la temperatura política de hoy, es claro que mostrará falencias en diferentes situaciones; entonces, ¿cuánto más puede mejorar realmente su evaluación histórica?

Parte importante de esa respuesta la dará la administración entrante, porque la revalorización actual de la figura del presidente Sebastián Piñera se interpreta, en gran parte, por el contraste con el gobierno de Boric. Finalmente, el presidente entrante tiene muchas lecciones que extraer de estos últimos años.

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