La sociedad Disney-tecnológica
13 de abril 2026 - 03:07
Con el colapso del imperio ruso en 1917, Ucrania proclamó su independencia. Pero la guerra civil la devolvió, a sangre y fuego, a la URSS en 1922. Stalin fue más allá de Lenin, dejando el camino libre para el violento siglo XX. Es historia. Es realidad.
Den un salto en el tiempo. Un siglo. Hoy. ¿Les suena?
En 1929, el sistema económico occidental colapsó. La especulación había inflado una burbuja desconectada de la economía real. La Reserva Federal mantuvo tipos bajos mientras los salarios no crecían al ritmo de la productividad. Cuando llegó el ajuste, subieron los tipos, el crédito se encareció y las bolsas se hundieron.
¿Y qué hicieron los gobiernos? Introducir aranceles. Se protegieron en lugar de reaccionar. No me digan que no les suena. Aquello terminó con una guerra mundial. El siglo XX fue sangriento. El XXI no será mejor. La nueva moneda es el miedo.
La decadencia de Europa es imparable, aunque los postulados de la Guerra Fría siguen vigentes, y parece que ahora sí nos hemos enterado, sencillamente porque ya no somos el epicentro ni el origen.
Estamos como en 1926. Lo que ha cambiado es el teatro de operaciones, hoy trasladado al estrecho de Ormuz, con dos variables que permanecen como una foto fija: la condición humana y la realidad, ambas indisociables, que se complementan en esa sucesión infinita de casualidades que llamamos destino.
No estamos preparados, aunque esta vez nos coge lejos. Habitamos una sociedad Disney-tecnológica: un espejismo que nos ha idiotizado con luces suaves y pantallas brillantes, donde la infantil conducta persigue likes en un universo gamificado. La clave no está en cuándo nos volvimos tan tristes, sino en cuándo nos dejamos convertir en tan tontos. Lo peor es que no es posible evitar el precio de la historia, sencillamente porque las consecuencias de eso que llamamos realidad afectan a todos por igual, aunque la forma en que cada uno carga con ellas sea más o menos llevadera en función de variables individuales.
Pero hemos decidido no mirar la realidad, menos aún los libros y más las pantallas idiotizantes.
Ajustamos el foco al telediario, cómodamente sentados en el sofá de la nada en el que hemos convertido el salón, donde continúa apareciendo el ciervo bebiendo del estanque, santo y seña de nuestra mansedumbre, mientras el mundo se mueve fuera de plano, tan desenfocado a nuestros ojos como real.
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