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Catedral de León

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08.03.2026

08 de marzo 2026 - 03:07

En León, en la mitad del Camino de Santiago, el peregrino se encuentra con una sorprendente edificación, La Pulchra Leonina (La Bella Leonesa). Una catedral gótica que se asienta sobre un terreno con un reputado historial arqueológico: de termas romanas de la Legio VII Gemina pasó a palacio real, después fue una iglesia románica que, bajo el reinado de Alfonso X el Sabio, sería sustituida en el siglo XIII por la más francesa de las catedrales españolas.

Con la mochila a cuestas, el caminante entra en la catedral por el pórtico de su fachada más conocida, la occidental. Sorteando las bandadas de turistas orientales que -siempre ordenadamente- bullen por las naves, el trascoro, la girola y las capillas, el viajero pronto queda subyugado por la mágica luz que filtran sus vidrieras y, amparándose en la facilidad de abstraerse de la realidad que le confiere la condición de peregrino, es capaz de imaginarse como era aquel espacio a finales del siglo XIII.

Es el mismo templo, pero más oscuro; iluminado por cientos de velas que desprenden un denso humo donde se materializan los rayos de sol que atraviesan los ventanales. El olor a cera se mezcla con el del incienso quemado para purificar el recinto y contrarrestar el hedor corporal de feligreses y peregrinos que hacen escala camino de la todavía lejana Santiago. El ruido de los canteros que, encaramados en andamios de madera, tallan las figuras de piedra para una catedral todavía desnuda de ornamentos, se entremezcla con los cantos en latín de los frailes y las plegarias de los fieles.

La catedral de León es el ejemplo más cercano al utópico objetivo del arte gótico: la “desmaterialización” de la arquitectura, la permuta de los muros de piedra por vitrales inverosímiles, los arcos ojivales, las bóvedas de crucería, los arbotantes… todo busca lograr el “súmmum lumínico”, imitar el proceso seguido por el Gran Arquitecto del Mundo según el relato del Génesis, esto es, extraer las cosas de la nada transformando la materia caótica en algo piadoso y bello. En plena Edad Media, los hombres tuvieron el atrevimiento de intentar reproducir la Jerusalén Celeste que narra San Juan en el Apocalipsis y contemplando la catedral bañada por la luz mortecina de un atardecer, uno intuye que tan conmovedor espectáculo debe ser lo más parecido al cielo… en el caso de que este exista.

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