Hablemos claro y catalán (o castellano)
A los catalanes se nos ha venido encima mucho trabajo: tenemos muchos (demasiados) frentes abiertos. Debemos evitar a toda costa —y, si puede ser, por más enemigos comunes que tengamos, sin ir cogidos de la mano de los castellanos (tenemos 155 razones para no hacerlo)— que el islam se implante en Catalunya y que todos acabemos nadando en la piscina con un burkini. Debemos salvar el catalán y convertirlo, junto con el aranés, en las únicas lenguas oficiales de Catalunya antes de que el castellano las aspire como un granizado. Debemos impedir, cueste lo que cueste, que se combinen mal los pronombres febles y que se diga m'he donat compte —en vez de me n'he adonat—, disfrutar —en vez de passar-s’ho bé o xalar—, hombro —en vez de espatlla—, cadera —en vez de maluc—, fascisme —en vez de feixisme— y un largo etcétera.
También debemos reconstruir el estado del bienestar: no se nos puede meter el caramelo en la boca durante unos años y luego quitárnoslo porque la extrema izquierda ha decidido que donde viven bien seis millones de personas pueden vivir bien seis millones más (y todos los que hagan falta) sin que el estado del bienestar se resienta. Debemos controlar quién entra en Catalunya y, si no es pedir mucho, prohibir la entrada a las personas a las que les gusta jugar con machetes y/o catanas, por más buenistas que seamos y por más simpáticos que, aparentemente, parezcan. Debemos hacer entender a los alumnos de las escuelas, institutos y universidades que el objetivo de estudiar no es rebajar el nivel educativo para que no se traumaticen, sino aprender cosas nuevas cada día. Otra cosa que debemos hacer, y que no podemos........
