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Una gran estafa

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20.04.2026

Con independencia de los recientes resultados electorales en Hungría, que se corresponden con unas causas muy específicas y deberían ser objeto de otro análisis, existe una paradoja que atraviesa la historia de las democracias liberales con una obstinación cíclica: los movimientos populistas son extraordinariamente eficaces como maquinarias de oposición y desastrosamente incompetentes como proyectos de gobierno. La observación vale tanto para la extrema derecha como para cierta izquierda que ha hecho del gesto radical su razón de ser. El populismo —de cualquier signo— no está diseñado para gobernar, sino para ganar elecciones. Y entre una cosa y la otra media un abismo que ningún eslogan puede salvar.

Desde los trabajos seminales de Ernesto Laclau hasta las tipologías de Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, la ciencia política ha identificado un rasgo común: el populismo construye una narrativa maniquea entre un “pueblo puro” y una “élite corrupta”, y ofrece la ilusión de que basta con sustituir a la segunda para resolver los problemas del primero. Mudde lo definió como una “ideología delgada” que necesita acoplarse a otras —el nacionalismo etnicista en la derecha, el igualitarismo maximalista en la izquierda— para adquirir contenido. Lo que ambas variantes comparten es más profundo que lo que las separa: la simplificación deliberada de la complejidad y la promesa de soluciones cuasi mágicas a problemas que exigen políticas elaboradas, financiación sostenida y consensos transversales. El populismo no ignora esta complejidad por descuido, la ignora por diseño. Reconocerla destruiría la promesa y, sin la promesa, no hay movilización electoral.

Si algún caso permite someter a prueba empírica la hipótesis del fracaso populista, ese es el de Donald Trump. Su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, tras prometer reducir la inflación, cerrar las fronteras y restaurar la grandeza industrial estadounidense, ofrecía al trumpismo la ocasión de demostrar que sus recetas funcionaban. Un año y medio después, el balance es devastador.

Trump prometió reducir los costes energéticos “al menos a la mitad”. Han aumentado un 35% —casi tres veces la inflación general—, con un 12% solo en su primer año. Sus aranceles, los más altos en ochenta años —tasa media del 2,4% al 9,6% en 2025—, han supuesto 1.500 dólares adicionales por hogar en 2026. Procter & Gamble subió los precios del 25% de sus productos para absorber un impacto arancelario de mil millones anuales. El déficit comercial de bienes, que los aranceles debían corregir, creció un 2% hasta 1,24 billones de dólares; las importaciones subieron un 4% y el empleo manufacturero........

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