La izquierda que dejó de pensar
Hay un momento, difícil de fechar, pero fácil de reconocer, en el que una corriente política deja de pensar y empieza a creer. El pensamiento admite la duda, la rectificación y la prueba en contrario; la creencia, no: la creencia solo admite confirmaciones. La izquierda española —la que se sitúa, o decía situarse, a la izquierda del PSOE— cruzó esa frontera hace ya tiempo. Lo que comenzó siendo apoyo crítico a un gobierno de coalición ha degenerado en justificación incondicional de todo cuanto ese gobierno hace o tolera: de las cloacas que operan a su servicio, de las contradicciones morales y políticas de Pedro Sánchez, de la riqueza sobrevenida de José Luis Rodríguez Zapatero, de cada episodio que, gobernando otros, habría provocado movilizaciones, editoriales incendiarios y querellas. Esa justificación dejó de ser racional hace tiempo. Hoy es, en sentido estricto, conspiranoica.
Conviene precisar el término, porque el adjetivo es grueso y no debe usarse a la ligera. Un razonamiento es conspiranoico cuando se vuelve infalsable, es decir, cuando ningún hecho imaginable puede refutarlo. Si toda crítica al Gobierno es lawfare, si todo dato incómodo es una operación de la derecha mediática, si toda investigación es una maquinación de jueces facciosos y todo periodista que pregunta es un mercenario, entonces no existe hecho posible que obligue a revisar la posición propia. Popper lo explicó con una claridad que sigue vigente: la irrefutabilidad no es la virtud de una teoría, sino su vicio. La izquierda que respondía al poder con análisis materialista —quién gana, quién paga, quién calla— responde hoy con un relato cerrado en el que el Gobierno es siempre víctima y nunca agente. Eso no es análisis político; es teología.
La psicología llama razonamiento motivado a ese mecanismo: no razonamos para llegar a una conclusión, sino para defender la conclusión que ya habíamos elegido. Su síntoma más visible es la asimetría: rigor implacable para los hechos que perjudican al adversario y manga ancha infinita para los que comprometen al amigo. Hay una prueba sencilla que cualquiera puede hacerse: ante cada episodio —una cloaca parapolicial o, como estamos viendo, “parafiscal”, un contrato opaco, una fortuna inexplicada, un aparato de propaganda pagado con dinero público— preguntarse qué habría dicho uno mismo si el gobierno fuese del PP. Si la respuesta cambia según quién gobierna, lo que se tiene no es un juicio político: es una lealtad tribal. Y la lealtad tribal es exactamente lo contrario de aquello de lo que la izquierda presumía: la crítica de todo poder, también del propio. Sobre todo del propio.
Una parte significativa de la izquierda no defiende hoy un proyecto: defiende una posición
Una parte significativa de la izquierda........
