La pasma, en clase
Un sueño recurrente del común sería el de haber podido vivir presencialmente los momentos estelares de la humanidad. En mi caso particular, me habría encantado hacer de camarero en los encuentros vieneses de Wolfgang Mozart y Lorenzo Da Ponte, justo cuando mis dos estimados amigos preparaban la revolución del Dom Joan; disfrutar de una sobremesa y del posterior paseo matemático con el maestro Immanuel Kant, charlando del imperativo categórico y la paz perpetua, y aún también presenciar un ensayo de la Novena de Mahler con mi idolatrado Leonard Bernstein, que terminara con un vaso de whisky en la terraza del Avery Fisher Hall, contemplando las cascadas del Lincoln Center. Pero también habría disfrutado de lo lindo si hubiera podido vivir el instante preciso en el que, dentro de un sórdido antro del Departament d’Educació i Formació Professional, alguien decidió que sería una buena idea enviar a la pasma a la escuela.
Según hemos leído y es noticia, nuestros responsables educativos han pensado que —tras una sonada huelga de los maestros, fatigados de que la sociedad les exija la educación integral de los niños… al precio de cobrar una puñetera mierda— resultaría una buena ocurrencia garantizar la paz de catorce institutos del país a base de mandar agentes........
