El deprimido nacional
Para contrarrestar el alegre optimismo popular de los años del procés, y adelantándose a la traición de nuestros líderes y de sus masajistas periodísticos, las élites catalanas intentaron inculcarnos la figura del enfermo nacional. El concepto era una forma extremadamente estéril y corporal de recordarnos que incluso los seres más vitales pueden acabar demacrados por obra y gracia de un cáncer. Después del referéndum del 1-O, la figura del enfermo nacional se trasvasó directamente al terreno de la política, y se dedicaron a hablar sobre presos políticos y exiliados como si fueran un grupo de convalecientes que intentaban sobrevivir a las patologías impuestas por España. La táctica funcionó parcialmente, ya que muchos electores se cansaron de un lloro que quería centrarse en la sopa emocional para intentar desviar la atención de los numerosos incumplimientos y falsedades disparadas por la clase política.
Con el postprocés estancado en la diarrea actual del tedio, y el discurso victimista finalmente noqueado por la abstención y el advenimiento de fuerzas políticas contrarias al procesismo, la figura del enfermo nacional ha dado paso a una nueva conceptualización más perversa. Me refiero al deprimido nacional, un ser (habitualmente muy exitoso en su campo profesional y con notoria relevancia pública) que se ha ganado la aceptación popular a base de rebajar su triunfo o estatus asumiendo con resignación una existencia pesarosa. El último caso de este fenómeno lo ejemplifica........
