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La vida digna

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28.03.2026

Kant distinguió entre lo que tiene precio y lo que tiene dignidad. Tienen precio aquellas cosas que pueden ser sustituidas por algo equivalente. Lo que no tiene precio y no se puede canjear por nada equivalente, tiene dignidad. Para gran parte de la filosofía, solo el hombre, cualquier hombre, posee incondicionalmente esa cualidad de insustituible: cada uno de nosotros somos un fin en sí mismo y nunca un medio. Por esa noción de dignidad, que es democrática y no depende de nuestra clase social, sexo, patria, religión o raza, esa dignidad que es inviolable aunque se violente cada día y a todas horas, que es irrenunciable aunque nos comportemos de forma indigna, resulta tan difícil zanjar con una opinión simple y tajante la eutanasia de Noelia Castillo. 

Empecemos por lo fácil: la falta de respeto que supone convertir la vida y la dignidad de otro en espectáculo. Una sociedad madura, que sabe que la existencia y la convivencia pacífica e igualitaria que nos hemos dado está llena de aristas y complejidades, debería ser, al menos, más prudente antes de lanzarse a diseccionar la intimidad y el dolor de los demás para después imponer sobre ellos nuestros valores morales. Y si damos un paso más allá de la imprudencia hacia la indecencia, es criminal difundir bulos como la violación por parte de menores no acompañados o el tráfico de órganos, dañando por el camino a niños y niñas con vidas parecidas a Noelia y a los que deberíamos proteger o atacando un sistema de donación que desde hace muchos años es uno de nuestros motivos de orgullo. 


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