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Valle-Inclán en la corte de Isabel Díaz Ayuso

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22.02.2026

La rebeldía suele ser un rasgo juvenil. En la mayoría de los casos, se aplaca con la edad y, en no pocas ocasiones, se transforma en fervor antirrevolucionario. Es lo que le sucedió a Vargas Llosa, que pasó del entusiasmo por la revolución cubana a la adoración servil de Margaret Thatcher y Esperanza Aguirre, a la que describió como “una Juana de Arco liberal”. Muchas veces, esa evolución no es nada desinteresada. Siempre es mejor estar a la sombra de un dragón que salir a la intemperie para desafiarlo. Al revés que el Nobel peruano, Ramón del Valle-Inclán fue conservador en su juventud y un radical en sus últimos años. Defensor de la tradición carlista por su solemnidad catedralicia, las penalidades de la clase obrera en la España de Alfonso XIII le acercaron al anarquismo hasta el extremo de pedir en Luces de bohemia la instalación de una guillotina eléctrica en la Puerta del Sol. 

Valle-Inclán inventó el esperpento, un procedimiento literario que deforma sistemáticamente la realidad para mostrar su faz oculta. El escritor gallego utilizó el esperpento en Tirano Banderas, que inauguró el género de las novelas protagonizadas por dictadores, la trilogía teatral Martes de Carnaval, las piezas breves del Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, y el ciclo inconcluso de El ruedo ibérico, que incluye La corte de los milagros, una sátira feroz del final del reinado de Isabel II, donde las intrigas de palacio, la frivolidad de las élites y la corrupción política contrastan trágicamente con el clamor popular a favor de una sociedad más justa e igualitaria. Hace poco releí Tirano Banderas y La corte de los milagros y, como otros admiradores de Valle-Inclán, añoré su brillante pluma para describir la corte de Isabel Díaz Ayuso, un círculo tan putrefacto y grotesco como el de Isabel II o el de Santos Banderas, dictador de la ficticia República de Santa Fe de Tierra Firme. Isabel Díaz Ayuso posee los mismos rasgos que la Reina Castiza: chulapona superlativa y privilegiada, propensa a soponcios y congojas, caprichosa como una generala, beata de ocasión, melosa y artera, vulgar y delirante, desinhibida y chabacana, felizmente ignorante y, a pesar de sus arrebatos de furia, dócil como un perrillo con los ricos y poderosos. En definitiva, el pelele de una oscura camarilla de conspiradores con una codicia insaciable y una desmedida ambición de poder. 


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