Pete Hegseth, el hombre que juega a la ruleta rusa con nuestra cabeza
Envarado, con los colores de la bandera estadounidense en la corbata y otra bandera, tamaño pocket, asomando por el bolsillo superior de la chaqueta, después de que un submarino estadounidense hundiera un buque iraní con más de cien tripulantes a bordo, Pete Hegseth compareció para informar de que se trataba del “primer hundimiento de un buque enemigo con un torpedo desde la Segunda Guerra Mundial”. La declaración tiene la carga semántica tóxica exacta para desplazar el eje de una guerra sin el amparo de un marco jurídico internacional hacia la liberación de Europa de la mancha nazi que la cubría en 1945.
La maniobra retórica no es ingenua ya que Hegseth cuestiona en su libro American Crusade la financiación de Naciones Unidas, a la que califica de antiamericana y, según informaba The Guardian cuando Donald Trump le nominó para el cargo, su posición se basaba en un apoyo incondicional a Israel e ignorar los convenios de Ginebra en favor de “ganar nuestras guerras según nuestras propias reglas”. Este es su concepto de liberación.
Así las cosas, el papel de Hegseth en este cuento se narra con una sola línea: érase una vez un secretario de Defensa que se convirtió en secretario de Guerra. Fin de la historia.
Donald Trump puso las cartas sobre la mesa cuando cambió el nombre del ministerio que ocupa Hegseth. Toda una declaración de intenciones de la misma dimensión que tendría cambiar la cartera de Agricultura y Alimentación por secretaría del Erial y el Hambre.
Hegseth, sin ninguna duda, cumple a la perfección su rol en el dislate y si no fuera porque estamos en vilo, solos ante el peligro de una cruzada bélica que abarca todo Oriente Próximo, se podría comparar a esta troupe de dirigentes con un número de guiñoles disparatados en la Casa Blanca. Cuando Trump compareció para dar las primeras explicaciones sobre la guerra de Irán, en un giro absurdo, comentó que las obras del Salón de Baile avanzaban a buen ritmo, “será el salón más bonito del mundo”, auguró, y se congratuló por la elección de cortinas doradas: “siempre me gustó el oro”. Bajo ese fulgor caían las primeras bombas.
La frivolidad de........
