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La corrupción del alma

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20.05.2026

La corrupción rara vez comienza con un gran delito. Casi nunca nace en el momento espectacular del soborno, del desvío millonario o del escándalo público. Antes de convertirse en noticia, suele existir como una pequeña fractura interior. Una justificación mínima. Una concesión aparentemente inofensiva. La historia humana está llena de hombres que no despertaron corruptos una mañana; simplemente fueron acostumbrándose poco a poco a la idea de que el poder podía utilizarse para sí mismos.

Tal vez por eso la corrupción ha obsesionado a las civilizaciones desde hace miles de años. Los griegos no la entendían únicamente como un problema administrativo, sino como una deformación del alma. Para Platón, las ciudades terminaban corrompiéndose cuando quienes las gobernaban dejaban de dominar sus apetitos personales. El tirano aparecía precisamente cuando el deseo vencía a la razón. La decadencia política comenzaba mucho antes de manifestarse en las instituciones: empezaba dentro del individuo.

Aristóteles fue todavía más preciso. Toda forma de gobierno contiene en sí misma la posibilidad de degradarse. Las monarquías pueden convertirse en tiranías; las aristocracias, en oligarquías; incluso las democracias pueden deformarse cuando el interés colectivo es reemplazado por la obsesión de conservar el poder. Ningún sistema político está........

© El Universal