Una decisión que no fue fácil
Existen muchas formas de compartir información entre dos gobiernos. En el famoso cable de Wikileaks del 17 de diciembre de 2009, Carlos Pascual, el entonces embajador de Estados Unidos en México, informó a sus superiores de las dificultades de tener de socios a las fuerzas armadas mexicanas. Cada vez que se le comunicaba algo al Ejército, a la Marina, o la Policía Federal, el primero se desentendía por “risk-aversion”, la segunda mataba a todo el mundo, y la tercera avisaba a los narcos del golpe inminente. Tuvo que irse de México cuando el cable se hizo público, pero su destierro no invalida sus reflexiones.
Por ello, desde entonces y hasta hace muy poco, las autoridades norteamericanas se habían mostrado renuentes a entregar datos a sus contrapartes mexicanas, tanto de ubicación e identidad como de intenciones del crimen organizado. Además del temor siempre existente de revelar fuentes y métodos, los estadounidenses vacilaban al actuar de la mano de los mexicanos si estos se dedicaban a dar pitazos a los narcos. Cierta o no, la acusación y la sospecha perduraron.
Una solución al problema consistió en colocar a los mexicanos frente a sus responsabilidades, al más alto nivel. Con un integrante del gabinete, pero sobre todo con el jefe (la jefa) del ejecutivo, informar es comprometer. Si algo sale mal, o no sucede nada, el contubernio queda manifiesto. Con las capturas del Chapo -en dos ocasiones con Peña Nieto- o........
