Adiós, maestro
La muerte del maestro Jerónimo Pimentel ha dejado grandes incógnitas y nichos de pensamiento inspirados en su figura como uno de los hombres que más contribuyó a la modernización del toreo en Colombia. Este magnánimo matador, cual regio aventurero español, se posó sobre nuestras tierras para donarle su vida, sus fuerzas y experiencia a la fiesta brava nacional. Pimentel fue aquel hontanar de desarrollo que construyó la infatigable e histórica tauromaquia de la segunda mitad del siglo XX; ganaderías, plazas de toros, ferias, alternativas, novilleros y hasta una escuela taurina le deben su ser al adalid que descendió al sepulcro, o más bien ascendió al catafalco de las figuras, hace unos días.
Nicolás Gómez Dávila plasmó un escolio digno de acotar: “La civilización agoniza, cuando la agricultura renuncia a ser modo de vida para volverse industria”. Jerónimo Pimentel es otro de los grandes románticos, de los taurinos de sangre y carne que están en ocaso, de los toreros sentimentales y caballerescos, de las sabidurías —no solo inteligencias— que han dejado en los últimos años el mundo terrenal para elevarse hacia las colinas eternas. Este tipo de hombres que se van, pertenecen a una generación de bohemios, de taurinos de día y de noche, de gentes que parecían haberse gestado en la matriz de la fiesta, de personajes que vieron en el toreo su propio modo de vida, su propia esencia, substancia y forma.
Hoy la realidad es otra, nuestra generación es, salvo minoritaria excepción, una generación espectadora —no aficionada—, ocasional y escéptica. En parte por ello fuimos una presa tan fácil para las huestes prohibicionistas. Mientras Jerónimo Pimentel le apostó a los municipios como base y fundamento de la popularidad del toreo, ahora hay quienes creen que los campesinos sobran en tan refinado evento social; mientras él creyó que las escuelas —no la formación individual de sujetos—, la niñez, la novillería y los matadores nacionales eran las raíces de la tauromaquia, ahora se piensa que solo con base a las figuras de la lejana Península se construyen cimientos fuertes. Hoy la crítica torista es mal vista cuando son esos grupos, junto con los apasionados toreristas, quienes oxigenan el toreo. Lo único que se construye ahora son espectadores, no aficionados; asistentes, no devotos; espectáculo, no rito. Hay quienes creen que la fiesta se yergue desde lo más alto, cuando esta es hija de lo más sencillo. Para sobrevivir se debe alimentar un roble que bebe manantiales con sus raíces y da sendos frutos en sus ramas. Para que el toreo prevalezca —cosa cada vez más compleja— debe tener gentes de base que lloren con él, que sean dichosos con él, que mueran con él —como el maestro Jerónimo—; debe tener gentes para las cuales el toreo sea su modo de vida, no un fin de semana anual, y eso solo se hace desde las escuelas, desde los municipios, desde las novilladas, desde las tascas, desde el desarrollo nacional y los incentivos.
La fractura de las capitales con el gobierno Petro
El Juncal y su melancolía reduciría esta elegía, si así puede llamarse, con simples palabras: “El toreo es lo único que he sabido hacer en la vida… y lo único que me ha hecho sentir alguien”.
Hoy honramos la memoria de Jerónimo Pimentel, maestro que nos dejó importantes enseñanzas. La Escuela Taurina de Choachí llevará su legado por siempre, su fe en nuestro pueblo y en nuestras bases para volver a construir este castillo tambaleante. Este extranjero español, que se volvió más colombiano que muchos, modernizó nuestro toreo, lo llevó a lugares recónditos, le dio la oportunidad a cientos de niños que hoy día son matadores, o como yo, que tienen el orgullo perpetuo de llamarse novilleros. Plazas, sangres bravas, ganaderías, tantos le debemos. El toreo como labor social, vital, espiritual, ese es su legado. Hasta la eternidad, maestro.
