¿Cuántos soldados más para pacificar Culiacán?
La pregunta ya no es retórica. Es incómoda. Y empieza a sonar absurda.
Desde la captura del Mayo Zambada, Culiacán se ha convertido en el laboratorio de una idea que México se niega a abandonar: más tropas equivalen a más control. Dos mil, cinco mil, ocho mil, diez mil quinientos dieciséis… y contando. Cada nuevo convoy entra con la promesa implícita de que ahora sí, esta vez, la violencia va a ceder.
Y no cede.
Los soldados llegan. Los retenes se multiplican. Las patrullas recorren avenidas y colonias. Y, aun así, los ataques continúan. Bloqueos, ejecuciones, atentados contra políticos, balaceras a plena luz del día. No como errores del sistema, sino como mensajes.
Porque lo que ocurre en Culiacán no es un problema de fuerza insuficiente, sino de orden roto.
La caída de un liderazgo criminal histórico no desmanteló al cártel. Desmanteló el equilibrio. Quitó al árbitro, no al juego. El resultado fue previsible: fragmentación, disputa interna y........
