Guerras en todas partes todo el tiempo
El mundo cada vez es más emocionante. Te deseo que vivas tiempos interesantes, dice una maldición china. Tenemos la guerra de Ucrania, tenemos la guerra de Irán, tenemos a Israel machacando a Palestina, Líbano y a todo aquel que se le ocurra. Tenemos las eternas guerras que nadie recuerda, que a nadie importan y que nunca cesan en África y Asia. Y vivimos bajo la amenaza de que Trump invada Groenlandia, los chinos a Taiwan y Putin a cualquier otro de sus vecinos. Realmente es un milagro que sigamos vivos y aún nadie haya decidido mandarlo todo definitivamente al infierno dándole al botón rojo y desatando el apocalipsis nuclear.
Estos son nuestros tiempos. Una época en la que un montón de gringos se presentan en Caracas y secuestran al dictador con bigote, antiguo conductor de autobús de la que un día fue la república más rica de Suramérica y hoy es el lugar más pobre de todo el subcontinente y, apenas un par de semanas después, ya nadie lo recuerda porque son tantas las cosas inverosímiles que pasan a nuestro alrededor, que es imposible mantener la concentración en una sola de ellas. En el fondo, hemos adaptado la realidad política internacional a la realidad de nuestras comunicaciones desde que existe internet y los celulares. Ya nadie es capaz de concentrarse en nada, porque los cacharros endemoniados que llevamos en los bolsillos no paran de darnos alertas, pitar, sonar, hacer ruiditos y avisarnos de la última novedad en cualquiera de nuestras redes sociales. Exactamente lo mismo que sucede en política internacional.
Del mismo modo, los estadounidenses eligieron presidente a un señor que venía de presentar un reality show (El aprendiz) y el resultado, quién lo podía sospechar, es que no sólo la política de su país, sino la de todo el mundo, se ha convertido en un enorme espectáculo televisivo en el que cada semana mueren personajes, aparecen personajes y suceden las sorpresas más inverosímiles. La verdad es que es agotador.
Yo, al menos, estoy agotado. No queda sino renunciar a las redes sociales, a la televisión, a cualquier artefacto que nos informe de cualquier cosa que suceda más allá de nuestra inmediatez más extrema y optar por encerrarnos en nuestra pequeña esfera personal y familiar, confiando en que la pareja no decida darnos un golpe de Estado, los hijos no inicien una revolución o el vecino no nos invada previo bombardeo en nombre de los derechos humanos. ¡Qué sinvivir!
