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La voz de las mujeres en lo público

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monday

Estaba en la universidad cuando una ‘miss’ Colombia entró a estudiar Comunicación Social después de su “reinado”. Me acuerdo de una multitud de estudiantes, profesores y empleados abriéndose paso para mirarla caminar, como si los pasillos entre las aulas fueran una pasarela. Me acuerdo de “las niñas” que comenzaron a matricularse en esa facultad y que tenían fama de ser “las más bonitas de la universidad”. Me acuerdo, años después, de la sección de un noticiero en la que una mujer contaba chismes políticos exhibiendo las piernas. No recuerdo qué decía, pero me acuerdo mucho del primer plano de las piernas.

Seguramente ustedes recuerdan variaciones de esa idea: tres “chicas” con música de James Bond contando “cosas secretas” que el director del noticiero redactaba y transmitía a través de esos cuerpos ajenos para hacerlas atractivas a su audiencia. De aquellas bocas pintadas salían chismes mandados a decir, de unos hombres a otros, como si el cuerpo y las voces de las mujeres fueran una extensión territorial del poder masculino.

Privadas de voz pública, la mayoría de las jóvenes egresadas que querían construir una trayectoria profesional en los medios de comunicación tenían pocas opciones: trabajar con cierta autonomía en secciones de farándula, hogar o vida cotidiana, que trataban “cosas de mujeres”, o ser “presentadoras” de las cosas de los hombres.

Conjugo los verbos en pretérito, no porque esas circunstancias hayan quedado en el pasado, sino para recordar secretos, sutiles e indecibles, que aprendimos sobre comunicación pública –y autoría, autoridad y jerarquías– mirando esa cajita que es la tele, en la que se refleja lo que se espera de cada persona y se representa su lugar en la escena pública.

Sin pensar mucho, como solemos ver la tele, mientras hacemos otras cosas, varias generaciones de hombres y mujeres nos formamos mirando “locaciones” armadas con techos de cristal, paredes de concreto y brechas (zanjas) de género, y en ese espacio cultural hemos construido lo que pensamos sobre el significado de la voz pública y sobre el derecho a ser tomadas en serio (o silenciadas, o suplantadas). Por eso es tan simbólico un movimiento de mujeres periodistas que toma consciencia de su voz y de su lugar en el discurso público para nombrar abusos silenciados y hacer (o repetir) y juntar preguntas que han sido ignoradas durante mucho tiempo.

De aquellas bocas pintadas salían chismes mandados a decir, de unos hombres a otros, como si el cuerpo y las voces de las mujeres fueran una extensión territorial del poder masculino

Si bien hay fronteras porosas y cambiantes entre los modelos periodísticos de supremacía masculina y los recientes testimonios sobre acoso sexual, que deben ser escuchados y tramitados por vías institucionales (a veces inoperantes según se ha visto en estos días), resulta innegable que esas conductas están relacionadas con una “división del trabajo” entre roles femeninos y masculinos que reflejan los medios, y en ese desconocimiento de unas voces a las que no se les ha prestado atención ni credibilidad (y no solo en denuncias por abuso, sino en todas las esferas, desde lo doméstico hasta lo público).

En ese sentido, lo más importante del movimiento mediático del “Me Too” colombiano es la pregunta sobre la importancia del discurso público de las mujeres en esta sociedad.

Más allá de hacer funcionar los llamados “protocolos” para identificar abusos en los medios –que la inteligencia artificial redacta en minutos–, necesitamos pensar en el significado de potenciar, o silenciar, la voz de las mujeres en los ámbitos públicos. Ahora, cuando llamamos al acoso y al abuso por su nombre, lo que sigue es redefinir las condiciones de un tejido institucional y cultural que albergue plenamente la voz, la inteligencia y el lugar de las mujeres en una sociedad de la que los medios son apenas un reflejo.

YOLANDA REYES

(Lea todas las columnas de Yolanda Reyes en EL TIEMPO, aquí)


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