Los indignados
Así nos hemos acostumbrado a vivir: indignados.
Indignados los jóvenes que no encuentran un camino claro hacia la educación o el trabajo, el 24,2 % de ellos son ‘ninis’, una generación en pausa.
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Indignados los empleados (56,1 % de la población ocupada) que cumplen horarios, pagan cuentas y sienten que el dinero no alcanza; y los informales (55,8 %) que viven al día, haciendo cuentas imposibles.
Indignados los empleadores (2,9 %), los cuenta propia (32,6 %) y los trabajadores sin remuneración (8,4 %), que viven cuidando lo suyo como si en cualquier momento pudiera desmoronarse.
Indignados los desempleados (9,2 %) que viven de la zozobra y los del sector público (5 %), que cargan con la desconfianza generalizada.
Indignados los más pobres, que siguen esperando. Indignados la clase media que intenta prosperar. Indignados los incluidos y los excluidos.
Indignados todos. Distintos en realidades, pero parecidos en la sensación de estar siempre al límite, de que el esfuerzo no alcanza o de que cualquier paso en falso puede enviarnos a la nada.
El reto es la manera en que decidimos asumir lo que nos indigna, porque no todos los indignados son iguales.
Tal vez el problema no sea estar indignados, sino quedarnos ahí. Pasar de la indignación a la acción, eso es lo que mejor podríamos hacer para reconectar y prosperar.
Están los que hacen ruido. Los que gritan, señalan, empujan, golpean la mesa. Los que convierten cada problema en una pelea, cada diferencia en una amenaza, cada discusión en un campo de batalla. Los que reaccionan más de lo que piensan y terminan amplificando el problema sin acercarse a una solución.
Están los que caminan más despacio. Los que, en lugar de gritar, intentan entender. Los que siguen creyendo que las cosas pueden hacerse bien, incluso cuando todo parece indicar lo contrario.
Aun con los problemas y la indignación, Colombia no para de dividirse entre bandos; es un país, mayoritariamente de gente sencilla, que estudia, que trabaja, que se rebusca, que sostiene como puede su vida y la de otros. No es un país de extremos enfrentados, sino de millones de historias cotidianas, diversas, extraordinarias, que no caben en discursos simplificados.
Pero en medio del ruido, esa realidad desaparece, y en su lugar queda una caricatura en la que se nos ve peleando por todo y nada. Ahí la indignación deja de ser útil a lo social. Se discute todo, pero se resuelve poco.
La indignación que no piensa se vuelve ruido. Nos va metiendo, sin darnos cuenta, en una lógica de extremos, donde todo es blanco o negro, todo es urgente, todo es emocional. Y en ese escenario, la democracia se va deformando, porque deja de construir espacios comunes y se vuelve el trofeo del poder. Nos hacen sentir indignados para que el miedo rija nuestras decisiones.
La gente, en el fondo, no quiere vivir indignada. Quiere levantarse y tener agua, luz, gas. Poder desayunar, trabajar, estudiar, hablar con los amigos. Salir de paseo, caminar, respirar. Sentir que la vida avanza, aunque sea despacio. Ver que lo público funcione, sin tener que pelear todos los días por ello. Que las reglas sean claras y que el esfuerzo valga la pena.
Esa sencillez es lo más difícil de construir desde lo público. Pero también es lo primero que se pierde cuando el ruido manda. Tal vez el problema no sea estar indignados, sino quedarnos ahí. Pasar de la indignación a la acción, eso es lo que mejor podríamos hacer para reconectar y prosperar.
Si la indignación no se transforma en acción organizada, el 55,8 % de la población ocupada que hoy trabaja con la soga al cuello y el 24 % de los jóvenes que aún buscan su espacio seguirán sintiendo que el esfuerzo no vale la pena. El verdadero reto no es solo sentir la frustración, sino negarnos a que se quede en el ruido estéril. Es transformar ese límite emocional en un motor compartido, para encender la luz de lo común. Pasar de la indignación a la acción unida, eso es lo que mejor podríamos hacer para reconectar y prosperar.
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