Una poción mágica de amor y muerte
Una leyenda de caballería narrada desde el siglo XII que relata la tragedia de un amor ilícito entre el caballero de Cornell, Tristán, y la princesa irlandesa Isolda, en la época del rey Arturo, inspiró al genio alemán Richard Wagner, que dejó a la humanidad su inmortal ópera con el nombre de estos dos protagonistas. Un idilio extraordinario derivado de una poción mágica destinada a la muerte que por equivocación del destino desata una fuerza amorosa que acerca a los amantes a lo prohibido e imposible, que los condena a su trágico final. Sin esa magia, la leyenda, que trascendió al arte en todas sus formas, y dejó una intensa huella en la cultura de Occidente, no hubiera existido ni impregnado al arte de manera global: desde lo medieval hasta lo romántico y lo moderno. Los pintores Edmund Blair Leighton (1853-1922) y Herbert Draper (1863-1920); los poetas y escritores Tomás de Inglaterra y Béroul. Y en el siglo XIX, esta ópera con música y libreto del propio Wagner, en tres actos, cuyo flujo musical se acentúa con cromatismos que expresan el anhelo del amor y de la muerte que preludian la ruptura de las tonalidades y el inicio revolucionario de toda la música moderna, como lo anota el musicólogo Ricardo Mezzanotte.
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Para Thomas Mann, Tristán e Isolda es “el más inspirado poema de amor que se haya escrito, por el culto a la noche como su verdad y al día como su mera ilusión”.
Gracias a la iniciativa cultural de Cine Colombia Alternativo, que nos permite, tanto a wagnerianos como a quienes no lo somos, me cuento entre estos últimos, disfrutar de las producciones del Metropolitan Opera House de Nueva York, fue posible escuchar y admirar una producción muy particular. Rara escenografía de metafórico oleaje marino, y el intento de disimular una versión de concierto dentro de una de naturaleza escénica. Por supuesto, cinco horas continuas de canto lírico a manera de diálogos sinfónicos deben suceder con gran cuidado de voces y movimientos, y en ese sentido el ahorro de energía de los protagonistas fue muy sabio.
La audiencia llega al éxtasis al escuchar tanto el dúo de amor más perfecto de la historia de la lírica como el aria de amor y muerte de la protagonista al final de la obra.
La audiencia llega sin duda al éxtasis al escuchar tanto el dúo de amor más perfecto de la historia de la lírica como el aria de amor y muerte de la protagonista con la que se cierra la obra. Toda esta peripecia para aliviar las emociones reales de traición y venganza. El delicioso sonido de un instrumento de viento diseñado por el propio Wagner, una especie de trompeta de madera en vez de un corno inglés, con el cual logra colorear el lamento de Tristán en el último acto. Fue brillante la interpretación del solista trucado de personaje alterno de la conciencia del protagonista. Qué maravilla haber podido escuchar el sonido de este peculiar instrumento de viento.
La Isolda de Lisa Davidsen, con su potente voz de soprano dramática, y el tenor heroico, como se llama a los intérpretes de esta cuerda de las óperas de Wagner, Michael Spyres, de gran sutileza interpretativa. La Branguena de Ekaterina Gubanova, con un color de voz envidiable; todos, artistas de primera línea. La orquesta y su director impecable, el maestro Yannick Nézet-Seguin, cuyas explicaciones musicales para la audiencia son muy pedagógicas, como las de todos los demás participantes, lo que hace tan excepcional la experiencia a través de estas transmisiones de alta tecnología digital.
Valga mencionar el sobrante escénico propuesto por el director de escena Yuval Sharon, que decidió mostrar a Isolda en estado de embarazo y a su bebe huérfano de padre y madre protegido por el rey Marke y que distrae de la inefable belleza de su canto de despedida de la vida y del contexto platónico del gran amor que determina esta leyenda.
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