Distopías reales
“La felicidad no me hace feliz”, dice Jean, personaje de Julian Barnes en Despedidas.
Nada más peligroso que una utopía llevada a la práctica. Los sueños de una sociedad perfecta, justa, suelen transformarse en pesadillas autoritarias y excluyentes cuando se intentan llevar a la realidad.
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Líderes mesiánicos narcisistas y profetas prometen salvar al mundo en nombre del progreso, la tecnología, la revolución o la espiritualidad.
Soñamos lo irrealizable para luego habitar las ruinas del sueño.
Han crecido tanto nuestros deseos que nos sentimos pobres. La promesa de felicidad hoy pasa por el consumo y nos hace más infelices. Tenemos acceso a tanta información que ya no entendemos nada. El dataísmo no es capaz de tejer historias.
El algoritmo en las redes nos condena a escuchar lo que queremos escuchar según nuestros sesgos, pero nos brinda la sensación de que tenemos libertad de elección.
Libre albedrío y predestinación juntos: puedes elegir hacer lo que quieras, pero va a salir mal. Lo dice la ley de Murphy: “Si hay más de una forma de hacer un trabajo y una de ellas culmina en desastre, alguien lo hará de esa manera”.
En la utopía “libertaria” de mercado, somos libres de elegir, pero la mayoría termina autoexplotándose.
Como cada uno es dueño de su verdad, todos terminamos creyendo nuestras propias ficciones. “El infierno son los otros”, escribió alguna vez Sartre.
Estamos tan hiperconectados en las redes, pasamos tanto tiempo en la virtualidad que los lazos reales se debilitan y la vida se transforma en simulacro.
La inteligencia artificial ha avanzado tanto que le estamos delegando decisiones, responsabilidades, creaciones y estamos perdiendo la capacidad de pensar por nuestra cuenta.
Somos víctimas de nuestro propio éxito como especie, hemos crecido tanto que podemos acabar con el planeta.
Como decía Aldous Huxley: “La medicina ha avanzado tanto que ya no queda nadie que esté sano”.
No nos reconocemos en el otro. Nos replegamos en pequeñas tribus identitarias que tienden al aislamiento.
Hay tanta corrección política en el arte que la libertad creativa corre peligro.
Passolini nos alertaba del fascismo de los antifascistas.
En la utopía “libertaria” de mercado, somos libres de elegir, pero la mayoría termina autoexplotándose. Si no logras el éxito es tu culpa. No hay contra quién rebelarse.
Cuantos más libertarios económicos en el poder, más desigualdad en el mundo.
Vivimos en distopías reales: todo es una farsa, todos sabemos, todos participamos.
(Lea todas las columnas de Iván Benavides en EL TIEMPO, aquí)
