Las mujeres hablan y hoy los hombres las escuchan…
Siempre pienso mis columnas con bastante anticipación. En esta ocasión tenía la firme intención de comentar el libro titulado Un himno a la vida, en el cual Gisèle Pelicot cuenta su abismal vida cuando me topé con la muy buena columna de Sara Tufano titulada La vergüenza tiene que cambiar de bando.
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Esta columna narra lo que significó el proceso a puerta abierta en Avignon de Dominique Pelicot, marido de Gisèle Pelicot, ese hombre espectador y autor consciente de más de 50 violaciones a su mujer, ella totalmente inerte, drogada e inconsciente.
Todo está dicho por Sara. Sin embargo, yo recomendaría a todos y todas, hombres y mujeres, leer este libro que es una lección de coraje, de valor y de un feminismo moderno e inédito cuando Gisèle sabe y siente que la única manera de que la vergüenza cambie de campo es mirar de frente sin vacilar a sus 50 violadores y los numerosos abogados que los defendían. Gisèle, una mujer inquebrantable y de un indescriptible coraje, logró juntar en las cuatro esquinas del mundo miles y miles de mujeres que la acompañaron y siguen acompañándola en su himno a la vida.
Y hoy solo quisiera añadir que después del MeToo (incluido el colombiano), el caso Epstein y la asombrosa historia de Gisèle Pelicot, nos sigue cuestionando el impresionante y chocante silencio de los hombres y, algo más grave, su complicidad ante semejantes hechos que, todos y todas los sabemos, se repiten y se repiten a lo largo y ancho de ese pobre mundo.
Sí, es cierto, y también tenemos que decirlo, algunos hombres se están solarizando con las mujeres, aun cuando muy pocos con las feministas.
No obstante, millones de mujeres en el mundo, feministas o no, hemos tratado con valentía, perseverancia y entereza, con investigaciones, cifras y más cifras, con redes sociales y películas, con el apoyo de Naciones Unidas e instancias internacionales y lo más a menudo con pocos medios, de denunciar lo inenarrable. Y, sin embargo, parecería que no lo logramos.
No obstante, Gisèle afirma constantemente algo muy importante: la vergüenza está empezando a cambiar de bando. Quizás eso es una buena señal de que algo está pasando. Ahora bien, aún no es un terremoto, no es un seísmo, quizás es una pequeña fisura en el inalterable silencio de los hombres, en la casi inquebrantable y cementada resistencia patriarcal. Sí, es cierto, y también tenemos que decirlo, algunos hombres se están solarizando con las mujeres, aun cuando muy pocos con las feministas, y lo tenemos que celebrar porque es algo nuevo.
Además, hoy las mujeres hablan; bueno, siempre las mujeres han hablado, pero quiero decir que hoy las mujeres hablan con vehemencia de ellas, de sus vidas, del amor, de su sexualidad, de la maternidad, de su particular manera de habitar el mundo y de su soledad a pesar de haber inaugurado algo que llamamos hoy día la sororidad: un hecho que ya nos protege y nos permite rodearnos de amigas cómplices cuando sea necesario. Esto, los hombres no parecen conocerlo; su famosa complicidad masculina es de hecho muy incipiente. Ellos son aún muy solitarios a pesar de tener sus eternos ritos como el trago, el fútbol, la oficina y la política para desahogar su soledad y su, a veces tan agudo, “mal vivir”.
Sí, las mujeres hablan y los hombres están poco a poco aprendiendo a escucharlas con atención, hecho aún excepcional y verdaderamente novedoso. Quizás estamos por fin iniciando una manera de compartir esta irremediable soledad, ese meollo de la humanidad, por fin a dos.
* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad
(Lea todas las columnas de Florence Thomas en EL TIEMPO, aquí)
