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A propósito de política

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27.02.2026

No he sido político de profesión, ni he sido valido de político alguno. El trasfondo de la política es el ansia de poder. Tengo ideas políticas y pertenezco a un partido, pero no ejerzo, es decir, no persigo el poder para usufructuarlo tras un escritorio en una dependencia del gobierno (burócrata). El único cargo público que he ocupado –la rectoría de la Universidad Nacional– no fue una dádiva o compensación por haberle sido útil al nominador de turno, el presidente de la República. Mi filiación política era contraria a la suya y yo no era militante activo al servicio de las directivas de mi partido –el Liberal– y, por lo tanto, no tenía chance de ser cuota política.

(Le puede interesar: Yo, el más antiguo).

Confesado lo anterior, debo también hacer saber que no he sido indiferente al acontecer político. Desde cuando estudiaba bachillerato la política formaba parte de mis inquietudes intelectuales. Cursé los últimos años en el Colegio de la Universidad Libre, donde se respiraba el espíritu liberal del fundador, Benjamín Herrera. Por mi récord académico me fue ofrecida una beca para estudiar Derecho; la decliné por haberme decidido desde tiempo atrás a ser médico. De seguro, si mi profesión hubiera sido la abogacía, me hubiera visto inmerso en la política activa y hubiera formado parte de la burocracia.

Cuando salía de clase me iba al Congreso de la República a escuchar los debates que allí se suscitaban, y cuyos protagonistas eran prominentes figuras de la política, casi todos magníficos oradores: Jorge Eliécer Gaitán, Manuel Serrano Blanco, Carlos Lleras Restrepo, Augusto Ramírez Moreno, Laureano Gómez, Alfonso López Michelsen... Infortunadamente la animadversión por diferencias partidistas comenzaba a envenenar el ambiente parlamentario, a punto tal que de la pistola del congresista Amadeo Rodríguez salieron los proyectiles que acabaron con la vida del representante liberal Gustavo Jiménez e hirieron de gravedad al patricio Jorge Soto del Corral, escribiendo con ello una de las páginas más vergonzosas de nuestro Parlamento. Fue cuando alejé toda posibilidad de llegar a ser político profesional.

Es sabio, entonces, escudriñar con detenimiento las hojas de vida de quienes las han puesto a consideración de los electores. Frente a la duda, abstenerse.

En una entrevista que se le hiciera al que fuera presidente de los Estados Unidos de Norteamérica Harry Truman, hizo esta confesión: “Mis metas en la vida fueron ser pianista en una casa de putas o ser político. Y para decir verdad, no existe gran diferencia entre estas dos ocupaciones”. ¿Qué lectura puede dársele a tamaña comparación? No es difícil imaginar cuánta bajeza se respira en una casa de lenocinio, donde no falta quien ponga la música para alegrar el ambiente. En la antigua Roma, las prostitutas, para vender sus favores, aullaban al frente de la puerta de la mancebía. Por eso se las llamaba “lobas”, y el sitio, “lupanar”. Vaya uno a saber a ciencia cierta lo que quiso decir Truman. Lo que queda claro es que para él la condición de político podía tener su puesto en un lupanar, en donde no sería mal visto aportar la música.

Para mí, este comentario de Truman no tiene carácter de general. No todos los escenarios donde actúan los políticos son lupanares ni todos los políticos son lobas. Los conceptos despectivos que se tienen de los políticos profesionales son, desafortunadamente, consecuencia del actuar incorrecto, antiético, de algunos de ellos. Hoy día –por lo menos en nuestro medio– son muchos los que con su actuar dejan muy mal parado el concepto de la política y de quienes la ejercen. Por eso la desconfianza que existe en el momento de escoger candidato para las corporaciones públicas y, en especial, para la presidencia de la República. “Por sus obras los conoceréis”, dicen las sagradas escrituras. Es sabio, entonces, escudriñar con detenimiento las hojas de vida de quienes las han puesto a consideración de los electores. Frente a la duda, abstenerse.

Me pregunto: ¿estoy actuando políticamente al hacer públicas las anteriores reflexiones? Sí, lo estoy haciendo. Como ya dije, los actos políticos encierran intereses de alguna clase. Cuando son para beneficio personal son incorrectos; cuando lo son para beneficio colectivo, son válidos. No obstante carecer de la investidura de político, mi intención es defender los intereses de la sociedad toda.

(Lea todas las columnas de Fernando Sánchez en EL TIEMPO, aquí)


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