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Casi todo

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monday

Saben casi todo de ti. Saben que eres puntual y madrugador. Que eres más hábil con las palabras que con los números. Saben cómo se llama tu mujer y a dónde sueles ir con ella. Saben que te gusta ir a cine a esa hora cercana al mediodía en la que siempre hay sillas disponibles. Saben que detestas las corbatas, que prefieres el rojo que el azul, que sueñas con volver a París. Saben con exactitud el modelo de celular que usas y cuánta memoria tiene el computador desde el cual te asomas al mundo cada mañana. Saben que te gustan la pizza napolitana y los tintos de la Ribera del Duero. Saben cuánta agua consumes al mes, cuántas libras de café compras, cuántos kilómetros recorres cada mes en ese carro viejo por el que te ofrecen cada tanto un préstamo para que lo renueves... y saben cuánto podrías pagar cada mes, porque conocen mejor que tú esas cuentas que no siempre te cuadran.

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También saben cuánto calzas, cuánto mides y cuál es la talla de esas camisetas que te pones para correr. Claro, también saben que has corrido uno que otro maratón: por eso te llegan invitaciones para que te inscribas en carreras de aquí y de allá.

Saben algunas cosas de ti que ya has olvidado.

Saben cómo te mueves, en qué gastas tu dinero, cuánto podrías ahorrar, cuáles son tus preferencias. Has ido llenando formularios, has ido anotando datos, has ido dejando huellas, y ellos los han recolectado, los han guardado, los han usado. Son intrusos. Son fisgones. Son indelicados.

Recuerda que son intrusos... también son abusivos.

También se han ido metiendo en tu cabeza porque, sin darte cuenta, has dejado abiertas algunas de las ventanas que asoman a tu cerebro. Quizás has dicho más de lo que deberías. Recuerda que son intrusos... también son abusivos.

Pero no saben que, en las mañanas, antes de encender la luz, antes de entregarte al celular, te recuestas en la cama y recorres en silencio algunos de los caminos que recorrías en la infancia. Que repasas los versos de aquel poema que no ha dejado de conmoverte. Que imaginas mundos. Que compones canciones que nadie cantará jamás. Que renuevas principios.

Hay todavía una parte de tu mente que está a salvo. Tal vez valdría la pena atesorar en ella algunos pensamientos inútiles, convencido de que en estos tiempos constituyen tu mayor fortuna. Y convencido de que aquellos que lo saben casi todo de ti aún desconocen la clave para acceder a esa suerte de caja fuerte.

(Lea todas las columnas de Fernando Quiroz en EL TIEMPO, aquí)


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