El patrimonio de Irán
Cuando en la guerra se llega al extremo de bombardear una ciudad, se está bombardeando un pueblo, por supuesto, y de paso una cultura y una historia. Desde el lunes pasado, la Unesco –la agencia cultural de la ONU– hizo un llamado contundente y razonable a proteger el patrimonio cultural en medio del conflicto bélico en Oriente Medio: encendió las alarmas el hecho de que el palacio de Golestán, situado en el centro histórico de Teherán y una de las construcciones más viejas de la ciudad, sufriera daños considerables como consecuencia de los escombros y de las ondas expansivas que trajeron los ataques aéreos de la jornada.
Golestán, un palacio amurallado que alguna vez fue el refugio de una de las familias reinantes del país, es un lugar lleno de jardines y de estanques que llegó a su esplendor en el siglo XIX. Hoy es una suma de ocho bellas construcciones que se encuentran expuestas a los vaivenes del combate. Por ello, la Unesco ha estado pidiendo no solamente que se respeten las vidas de los civiles, empezando por los estudiantes y por sus escuelas, sino que sean comunicadas con precisión a las partes implicadas “las coordenadas geográficas de los sitios inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial, así como las de aquellos de importancia nacional, para evitar cualquier daño potencial”.
No se trata de cualquier petición. La verdad es que el derecho internacional, como lo recuerda la agencia en sus más recientes comunicados, protege los bienes culturales en caso de conflicto armado.
Se trata de que el arte, la arquitectura, la literatura, el pasado de toda una nación no puedan ser arrasados por el fuego cruzado. Como las familias, y como las madres y los hijos que nada tienen que ver con combates, las escuelas, los museos y los palacios –en general, las creaciones humanas que recrean la historia de la especie– deben estar más allá de las guerras. Y la Unesco ha recobrado la autoridad para exigirlo.
