‘Gotas de tinta’ en la Candelaria
A Luis Tejada.
Monsieur Guy, el dueño del restaurante mexicano, permanece solo en el lugar, ese día extrañamente abrirán tarde. Cien metros más arriba, por la empinada calle décima que desemboca en la Circunvalar, el carro de la basura en su último recorrido se estaciona frente a una despensa parroquial de cachivaches, muebles, ropa y víveres, que abastece a la gente humilde en el antiguo teatro Egipto. Un sol radiante se cierne sobre la virgen de Guadalupe. La cantidad de bolsas de desperdicios que sacan del lugar obliga al conductor a colaborar con sus compañeros de faena. En un par de segundos, el vehículo comienza a rodar desenfrenado y los operarios ven impotentes cómo su nave ha levantado vuelo, tropieza con un andén alto y empecina su veloz carrera hacia abajo por la calle adoquinada.
Monsieur Guy permanece al fondo del restaurante, algo lo inquieta pero no sabe qué es, mira el reloj de óvalo en la pared que marca las 11 a. m. Novoa, un guardia de seguridad de una universidad privada acompañado de Halcón, un rottweiler bonachón y tardío, oye el estruendo del carro y por reflejo jala al animal salvándolo de la avalancha que se desliza hacia el occidente.
Adriana, una escritora y profesora de literatura, se asoma a La Calle de la Angustia, de La Candelaria, y ve pasar al camión sin conductor, siente un escalofrío y piensa en una película de terror de Alfred Hitchcock.
Unos policías en moto han percibido el hecho y hacen sonar las sirenas. No hay carros subiendo por la calle 10.ª, ni peatones a la vista; llegando a la carrera segunda bajan tres carros desprevenidamente, el sonido de las sirenas y los gritos de algunas personas los pone alertas; el primer carro gira a la derecha sobre la carrera segunda, el segundo alcanza a girar y el tercero que siente respirar sobre sus espaldas el furor del camión vira hacia la izquierda en contravía y sale ileso.
En la esquina de la carrera segunda, el camión se sube al andén y se eleva por el aire, dándole un toque al baúl del segundo carro sin consecuencias graves para sus dos ocupantes y se clava abruptamente contra el restaurante. Monsieur Guy siente a la tierra estremecerse; una nube de polvo invade el lugar; se levanta sigiloso y observa a unos metros, en los comedores, el camión apachurrado como un acordeón.
El reloj marca las 11:01 a. m. del martes 17 de febrero y milagrosamente todos se han salvado.
(Lea todas las columnas de Alfonso Carvajal en EL TIEMPO, aquí)
