¿Y por qué no dejamos de hablar sobre Bad Bunny, el Papa, Ayuso y Eurovisión?
Opinión ¿Y por qué no dejamos de hablar sobre Bad Bunny, el Papa, Ayuso y Eurovisión?
Cada mañana, antes siquiera de derramar el café en el microondas y tirar la tostada al suelo, una fuerza misteriosa ha creado ya la Agenda mediática del día. Una Agenda que nos vincula a todos: a los comunicadores matinales y a quienes escuchan la radio camino del curro para despotricar en las oficinas; a los tertulianos fachas y a los rojillos majos que los programas llevan para dar colorido; al ejército de podcasters y sus adictos; a los que creen que libran heroicas batallas diarias en las redes sociales; a los encargados de inocular el veneno diario en los grupos de WhatsApp y también a los envenenados; a lectores y opinadores, célebres y anónimos.
Ninguno de ellos tiene poder sobre ella; la Agenda nos gobierna a todos, nos obliga, se construye y crece con cada una de nuestras aportaciones, se legitima con la atención que le prestamos, pero no somos sus creadores, sino sus súbditos. Jerarquiza y limita los temas de interés; decide lo que va, dice lo que no será. Y, al hacerlo, genera un ecosistema mediático de prestigio, visibilidad y reconocimiento donde las plumas más leídas, las voces más escuchadas, no son necesariamente las más brillantes sino las que mejor comprenden sus designios. Como un monarca feudal, reparte honores entre sus cortesanos, distingue a unos y a otros los destierra a la irrelevancia.
Cada mañana, antes siquiera de derramar el café en el microondas y tirar la tostada al suelo, una fuerza misteriosa ha creado ya la Agenda mediática del día
Cada mañana se inicia el juego. La Agenda esparce los temas del día como despojos a disputar en el muladar mediático. Los de mirada más penetrante serán los que detecten ese algo nuevo que señala la presencia del cadáver: cierto movimiento de los grajos, un leve olor a descomposición. Entonces aparecen los buitres leonados del periodismo. Estos no necesitan ser sutiles, expulsan a los demás solo con su presencia amenazante y tienen los mejores trozos de carne a su disposición: fijan las líneas generales del debate.
Luego van llegando otras aves pero los restos son cada vez más exiguos. Ya no basta con participar: hay que especializarse en algo pequeño, buscar una perspectiva que no haya sido aún explotada. Podría pensarse que el tratamiento de los temas va adquiriendo mayor profundidad según avanza la conversación. Habermas pensaba optimistamente que la comunicación pública enriquece la comprensión colectiva, pero más bien parece justamente lo contrario. Bajo el régimen de la aceleración, la caducidad de los temas es tan veloz que quienes llegan tarde tienen cada vez más difícil distinguirse y se hace necesario encontrar otros puntos de vista que nadie haya tocado aún. Casi siempre por una buena razón.
Jerarquiza y limita........
