Recuerdos de Tejadita
La primera vez que escuché el nombre de Hernando Tejada fue en la redacción del diario Occidente de la calle 12; Raúl Echavarría Barrientos era el subdirector y me solicitó entrevistar al artista, no si antes ilustrarme un poco acerca de su personalidad; “es genial”, me dijo, “además, le gusta comer flores…”
Al parecer, Tejadita cometía la excentricidad de comer astromelias y rosas en los cocteles, para después pasarlas con whisky. Esto de paladear pétalos, aderezarlos con miel y pimienta, y ponerlos sobre codornices, es costumbre muy normal en México. Pero si alguien come flores en un cóctel en Cali, seguramente la noticia adquiere visos de excentricidad, me dije.
Hacía rato, Tejadita había sorprendido ya al país con unas ingeniosas esculturas de mujeres, en madera, muy funcionales además, porque eran espejos, sillas para el teléfono, mesas de comedor, lámparas; le propuse que hiciera a ‘Xiomara, la mujer cuchara’, o a ‘Josefina, la mujer cortina’, pero me dijo que esta serie estaba ya terminada. Desde el exterior, inclusive, le habían solicitado que hiciera otra ‘Rosario, la mujer armario’, y ‘Estefanía, la mujer telefonía’, ya hacía parte de la iconografía caleña. Quizá las feministas estaban furiosas con esta representación de ‘la mujer-objeto’, pero el arte tiene siempre esa capacidad de romper esquemas, de agradar o causar rechazo.
Luego, al pasar el tiempo, fuimos visitantes devotos, cada sábado, de ‘El........
