Detrás de las palabras
Me reconvienen algunos lectores por no ser más explícito en mis columnas, sobre todo con potenciales enemigos de la carpa literaria, solo que tengo un problema congénito: detesto caer en la vulgaridad o, mejor, evito caer en ella.
Estoy convencido de que un pensamiento sutil hace más por la existencia que una pedrada en el ojo o una descarga de palabras de grueso calibre. El asunto del sexo oral, por ejemplo, tan de moda en nuestros días, no admite ni de lejos un tratamiento escueto en prensa, radio o televisión.
Quienes desde la envidia se han permitido lanzar dardos desde sus tribunas, yo los perdono. Algunos están con un pie en la tumba y otros no escribieron ya la obra de arte que los sacaría del anonimato planetario. El tiempo todo lo cura: “Siéntate a la puerta de tu casa para que veas pasar el cadáver de tu enemigo…”.
Quise creer que Minnesota era la república libre del sexo oral, y así lo declaré subliminalmente en una columna, para quienes........
