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El partido que nadie quiere jugar - la otra cara

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11.07.2026

El Mundial, con toda la ilusión que despierta, suele sentirse como una fiesta compartida. Es reunirse con la familia, encontrarse con amigos, organizar un asado, llenar los grupos de WhatsApp de mensajes, discutir cada jugada, hacer apuestas y alentar con pasión al equipo favorito. Para quienes crecimos en Latinoamérica, el fútbol va mucho más allá del deporte. Es identidad, memoria y una excusa para abrazarnos, sufrir, celebrar y sentir que, por noventa minutos, todos jugamos el mismo partido.

No todas las casas viven el Mundial de la misma manera. En algunas, el volumen de la televisión no alcanza para esconder la tensión. El alcohol no trae festejo, trae miedo. Un gol no siempre termina en un abrazo. Y una derrota no siempre acaba cuando el árbitro pita el final. Mientras algunos discuten si hubo fuera de juego, otras esconden las llaves del auto para evitar que su pareja conduzca bajo los efectos del alcohol. Mientras unos celebran un gol, otras piensan cuidadosamente el tono con el que responderán una pregunta para evitar una discusión que pueda convertirse en algo mucho peor. Y esa también es una realidad del Mundial. No porque el fútbol genere violencia, ni porque todos los aficionados sean violentos. Sino porque, en........

© El País