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El oro negro sigue vigente

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26.03.2026

A menos de un mes desde que comenzaron las hostilidades más recientes entre Irán y Estados Unidos, podemos afirmar que aquel conflicto ha generado una disrupción profunda en la economía global.

El régimen iraní, aunque profundamente debilitado, logró cerrar el estrecho de Ormuz, un corredor marítimo al extremo oriental del golfo Pérsico por donde normalmente transita el 20% del petróleo crudo a nivel mundial. El precio de referencia Brent, que había oscilado alrededor de los $65 por barril desde mediados de 2025 hasta febrero de 2026, ascendió a más de $100 para mediados de marzo, un incremento de más del 50% en pocas semanas.

El desenlace del conflicto permanece incierto, pero según la revista The Economist, pasarán varios meses antes de que la actividad exportadora por el estrecho pueda regresar a la normalidad, inclusive en caso de un cese de hostilidades inmediato y definitivo. Afirma que los mercados energéticos globales “convivirán con las repercusiones de la guerra hasta bien entrado el invierno boreal,” es decir, hasta diciembre o enero de 2027. Podríamos estar ante un choque en el mercado petrolero tan profundo como el que ocasionó la Guerra de Yom Kippur en 1973 o la Revolución Iraní en 1979.

El impacto de este choque petrolero en las principales economías latinoamericanas será radicalmente distinto por país. En términos brutos, el mayor beneficiario será Brasil, cuya enorme industria petrolera solamente ha crecido en la última década. Según el último informe de la Agencia Internacional de Energía, dicho país producirá alrededor de 4.17 millones de barriles diarios, con un superávit exportable de 740,000 barriles. Siendo así, asumiendo un incremento de precio sostenido de $35 dólares por barril, Brasil estaría percibiendo casi $10,000 millones de dólares más por sus exportaciones petroleras debido al conflicto en Irán.

En términos proporcionales, se verían aún más beneficiadas las economías de Ecuador, Colombia y Argentina, con incrementos del PIB equivalentes al 1.85%, 1.2% y 0.55%, respectivamente. En Ecuador, estos ingresos podrían contribuir a superar el estancamiento económico de los últimos doce años y brindar algo de alivio a aquel país azotado por el narcotráfico como nunca antes en su historia. En Colombia, podrían aportar a las finanzas públicas en un momento sumamente delicado, particularmente si el próximo gobierno sabe aprovechar la bonanza en lugar de sabotear la industria petrolera.

En Argentina, la apuesta de Javier Milei por las grandes inversiones en sectores extractivos dará frutos como nunca antes, consolidando la posición del país austral como nueva potencia energética latinoamericana. Venezuela seguramente también se verá beneficiada, aunque el impacto dependerá del éxito o fracaso de la transición política y económica actualmente en curso.

Chile y Perú, ambos importadores netos de crudo, sufrirían pérdidas equivalentes al 1.44% y el 0.99% del PIB, respectivamente. Tanto el nuevo presidente chileno José Antonio Kast como el mandatario peruano elegido el próximo 12 de abril deberán adaptarse al nuevo panorama energético. Finalmente, México, que tradicionalmente ha sido un exportador neto de petróleo, está proyectado a dejar de serlo en 2026, por lo que no se beneficiará de esta nueva bonanza.

Este episodio reafirma la importancia de mantener la independencia energética de los países latinoamericanos sin caer en una dependencia excesiva de las exportaciones petroleras. Recordemos que, así como los altos precios de los años setenta contribuyeron a acabar el milagro económico de Brasil, entonces un importador neto, el descenso de los mismos en los años ochenta inauguró la “Década Perdida” en México, entonces un exportador neto.


© El Nuevo Siglo Bogotá