El populismo y la privatización del Estado
Uno de los rasgos que presentan los gobiernos populistas radica en su constante inclinación a utilizar las herramientas del Estado como alimento de las ambiciones personales de quienes los integran y no para la satisfacción de las necesidades y expectativas de la población.
No tendría que ser así, pero lo cierto es que termina siéndolo. Me explico: el elemento central del populismo, su característica básica, radica en que ofrece soluciones simples a situaciones complejas. Esta particularidad, en principio, nada tiene que ver con una eventual tendencia a apoderarse de lo público.
Por el contrario, pacería que se trata de una excelente vía, incluso de la ruta óptima. ¿Quién podría oponerse a la simplificación de los problemas, a la búsqueda de salidas sencillas?
Sin embargo, es de ahí de donde surgen las primeras dificultades. Las situaciones complejas suelen tener múltiples aristas. Su solución, con frecuencia, supone costos y acarrea diversos efectos.
El populista busca obviar tales costos. Procura esconder las consecuencias de lo que propone. De hecho, es precisamente eso lo que lo convierte en populista. Al promover soluciones simples, invita a pensar, contra toda evidencia, que los problemas encontrarán respuestas rápidas y libres de cargas.
¿Cómo logra el populista desafiar la razón y vencer la lógica? ¿Qué mecanismo le permite convertir meras quimeras en lineamientos de política pública? El ilusionismo populista con frecuencia se nutre de la ingenuidad, la desesperanza y muchas veces del resentimiento. Sus seguidores abrazan, como exorcizados, ilusiones etéreas y sueños irrealizables.
Para que el truco funcione, es necesario que haya oscuridad. Las ideas populistas son vulnerables al examen objetivo, al debate juicioso, al estudio científico, así que el populista evita someterlas al ojo público. Utiliza para ello fórmulas bien conocidas: fracciona la sociedad, designa enemigos, estigmatiza las voces disidentes, desprecia los mecanismos representativos de participación y se postula como intérprete único de la voluntad popular.
Las instancias de control se convierten en destinatarios de su asedio y víctimas de sus ataques. El populista no admite que sus mandatos sean materia de controversia ni acepta que se cuestione su voluntad. Los propósitos que impulsa, con frecuencia volátiles y emocionales, constituyen para él título habilitante suficiente. Las solicitudes que se formulan para que se verifique la validez de lo que se persigue y la razonabilidad de los medios que se utilizan son vistos como meros reclamos retardatarios. El populista quiere dejar siempre su íntimo legado, su entrañable impronta, no importa cuáles sean las implicaciones.
Se requiere también que haya quienes se acomoden a sus caprichos o se arrodillen ante su mandato, cometido que con frecuencia despliegan desde las posiciones que ocupan. En el circo populista, las instituciones democráticas, en especial, las que quedan bajo su sombra, no pocas veces terminan convertidas en parte del espectáculo, en payasos que acompañan la función.
Nada de ello es gratis. La encomienda tiene precio. En los proyectos populistas, el Estado deja de ser una entidad abstracta que se encarga de configurar la voluntad popular y de ponerla marcha, para convertirse en instrumento de opresión que opera gracias al botín que engorda las barrigas de quienes lo administran.
El Estado se transforma en una piñata de la cual quienes han sido designados para honrarlo sacan cuanto pueden para mantener y prolongar la bacanal y para exprimir las arcas públicas mientras dura el festín.
