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Plutarco y los nuevos congresistas

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09.03.2026

Un día después de las elecciones al Senado y a la Cámara de Representantes, conviene dejar a un lado la euforia de los vencedores y la frustración de los derrotados, para acudir a una voz antigua que sigue hablando con sorprendente actualidad:  Plutarco de Queronea. En sus consejos políticos, escritos hace casi dos mil años, el pensador griego no ofreció recetas de campaña, sino principios para el buen gobierno.  Y es eso, precisamente, lo que hoy necesita el Congreso: virtud antes que estrategia.

Plutarco advierte que no se debe entrar en la política “por afán de lucro, por no tener otra ocupación o por impulso repentino”, sino por convicción y como resultado de una reflexión orientada al bien común.  Esta sola premisa bastaría para examinar la conciencia de cada congresista electo.  La dignidad del cargo no es un premio ni una plataforma personal: es un servicio que exige carácter, estudio y dominio de sí mismo.

El moralista griego insiste en que “el gobernante debe primero formarse a sí mismo, para poder después gobernar a los demás”. La política no es improvisación.  Requiere preparación intelectual y rectitud ética.  Un legislador que no estudia, que no conoce la historia constitucional ni comprende el alcance de las leyes que aprueba, traiciona la confianza ciudadana. El Congreso no puede convertirse en un escenario de estridencias ni en tribuna de vanidades: debe ser taller de normas justas.

Otro de los avisos plutarqueos resulta especialmente oportuno: “Es preciso que el gobernante tema más hacer el mal que sufrirlo”.  En tiempos de polarización, la tentación de la revancha política o del uso abusivo de las mayorías es grande.  Pero el verdadero liderazgo se mide en la capacidad de respetar al adversario, de escuchar con prudencia y de preferir, incluso, la derrota honorable a la victoria obtenida con violencia o atropello institucional.

Plutarco también recuerda que “no solo el cargo distingue al hombre, sino el hombre al cargo”. El Congreso colombiano necesita parlamentarios que eleven la dignidad de la corporación con su comportamiento público y privado.  La vida personal del político no es irrelevante: la coherencia es el primer argumento de credibilidad.  Sin ejemplo, la palabra pierde fuerza.

Finalmente, el autor de los Moralia enseña que la ley es “la razón que vive en el gobernante”.  El legislador no puede estar por encima de la norma ni utilizarla como instrumento de facción.  La ley debe orientarse a la justicia y al equilibrio, pues sin justicia -dice Plutarco- ni el mismo Zeus podría gobernar bien.  Es una metáfora poderosa: sin rectitud, el poder se corrompe y termina por destruirse.

A los nuevos congresistas les corresponde comprender que la política no es un escenario para el lucimiento individual, sino una responsabilidad histórica. Entrar al Capitolio implica asumir que cada decisión afectará la vida de millones de ciudadanos.

Si algo enseña Plutarco es que el buen gobierno nace de la moderación, de la prudencia y de la virtud. Ojalá quienes ayer celebraron su elección recuerden hoy que el honor verdadero no se mide por aplausos, sino por la fidelidad constante al bien común.


© El Nuevo Siglo Bogotá