La consulta: antesala real del poder en 2026
A veces la política no se define en la elección misma, sino mucho antes, cuando se acuerdan —o se disputan— las reglas del juego. Por ello, más que un simple mecanismo de selección, la consulta anunciada por la centro derecha debe leerse como una prueba de carácter institucional. No es apenas un trámite previo, ni tampoco un ritual partidista: es, si se quiere, la primera batalla simbólica de 2026.
Porque en tiempos de polarización, y de fatiga ciudadana, las formas importan tanto como el fondo. Si el candidato surge de un consenso cerrado, podrá exhibir unidad; pero si emerge de una competencia abierta, podrá reclamar legitimidad. Y entre unidad sin debate o legitimidad con contraste, la democracia —cuando es auténtica— debe decantarse en lo segundo.
No se trata solo de escoger un nombre, sino de definir un método. Y el método, en política, comunica los principios. Cuando una coalición decide acudir a las urnas para dirimir sus diferencias, reconoce que la autoridad no se hereda ni se impone, sino que se construye. Esa convicción la defendió en su momento Luis Carlos Galán, quien entendía que los partidos debían renovarse desde adentro, abrir espacio a nuevas voces y someter sus liderazgos al escrutinio público. No era romanticismo: era estrategia democrática.
Ahora bien, la consulta no elimina tensiones; al contrario, las hace visibles. Pero es preferible una tensión tramitada bajo reglas claras que una fractura incubada en silencio. En ese equilibrio —que recuerda el “justo medio” de Aristóteles— se juega buena parte del éxito. No es tibieza, sino virtud práctica: permitir competencia sin romper cohesión; promover el debate sin diluir el proyecto.
Además, y no es menor, una consulta obliga a hablar de fondo. Seguridad, desarrollo regional, sostenibilidad fiscal o crecimiento económico dejan de ser consignas y se convierten en argumentos. Cada aspirante debe explicar cómo gobernaría y con quién lo haría. Así, el ciudadano no solo puede observar una contienda, sino que participa —directa o indirectamente— en la construcción del relato político.
En el contexto regional, donde las demandas por infraestructura, empleo y oportunidades juveniles son palpables, esa discusión cobra especial sentido. Porque lo que está en juego no es una candidatura aislada, sino la posibilidad de articular una visión nacional que dialogue con las realidades locales.
Por supuesto, habrá cálculos, alianzas y estrategias cruzadas. Siempre los hay. Sin embargo, la alternativa —la designación vertical o el acuerdo reservado— suele dejar una sensación de exclusión que termina pasando la factura. Y en un escenario tan competido como el que se avizora, cada punto de legitimidad cuenta.
En consecuencia, la consulta no es una anécdota preliminar; es una balanza anticipada. Allí comenzará a medirse no solo la popularidad de los aspirantes, sino la solidez de un proyecto colectivo. Y aunque falten meses para la elección definitiva, lo que ocurra en ese primer pulso podrá inclinar, con discreción, pero con firmeza, la decisión nacional de 2026. Paralelamente lo que se juega para el congreso no es de poca monta se trata de los pesos y contrapesos de la democracia
