Camilo Escalona y el tiempo largo de la política
Conocer a Camilo Escalona vuelve insuficientes las dos imágenes que disputan su memoria: la del hombre de aparato que redujo la política al poder y la del militante consecuente que dedicó su vida a una causa.
Su trayectoria plantea un problema más difícil: cuánto puede cambiar la manera de hacer política sin que cambie también aquello para lo cual se hace.
Conocí a Camilo Escalona y me cuesta reconocerlo por completo en los retratos que siguieron a su muerte. La cercanía no concede un privilegio interpretativo; también puede deformar. Conservo, sin embargo, una impresión persistente: Escalona se tomaba la política en serio. Había ingresado a la Juventud Socialista a los trece años y murió siendo secretario general del mismo partido. Durante casi seis décadas cambiaron Chile, el socialismo y su propia manera de actuar. Él entendió esas transformaciones como expresiones de una misma fidelidad.
Nunca estuve segura de que esa continuidad fuera tan nítida como él parecía creer. Esa duda, más que la enumeración de sus cargos, es lo que vuelve interesante su trayectoria.
Escalona fue un hombre de poder. Construyó tendencias, contó votos, negoció candidaturas, armó mayorías y derrotó adversarios. Presidió varias veces el Partido Socialista y acumuló una influencia interna excepcional. Entendía las organizaciones y sabía utilizarlas. Su eficacia y el aparatismo que se le reprochó durante décadas nacían de una misma convicción: las ideas incapaces de organizar fuerza corren el riesgo de quedar reducidas a testimonio.
El Escalona que conocí no concebía el poder como un fin autosuficiente. Esa constatación no absuelve sus prácticas; vuelve más exigente el juicio sobre ellas. El problema no consiste en establecer si buscó poder, porque evidentemente lo hizo, sino en determinar hasta qué punto ese poder siguió siendo un instrumento de la causa que pretendía servir.
La derrota de 1973 marcó su respuesta. A los dieciocho años, el golpe lo convirtió en perseguido, clandestino y exiliado. Regresó clandestinamente años después para participar en la reorganización socialista, cuando el desenlace de la dictadura seguía abierto. Nosotros conocemos el final de esa historia; quien decidió volver no podía conocerlo. La memoria suele borrar el riesgo cuando ya sabe quién sobrevivió.
De aquella experiencia Escalona extrajo una lección que ordenó buena parte de su vida política: las convicciones no bastan sin mayorías capaces de sostenerlas.
Desde allí se entienden su insistencia en la unidad socialista, el entendimiento con la........
