Relaciones económicas internacionales: ¿siempre apagando incendios?
Entonces, ¿qué hará la nueva administración? La “tiene” muy difícil. ¿Seguiremos “pegoteados” a China y “tocándole la oreja” a Estados Unidos?
Ya es un hábito el llegar tarde y tener que improvisar. Y en materia de relaciones internacionales, por lo general, la improvisación tiene un alto costo. Estas relaciones no se construyen ni desarrollan en un día, requieren políticas de Estado y equipos de trabajo capacitados. Y ahora, con el “destape” del contrato de cable submarino a Hong Kong, hemos “quedado muy cortos”, por lo que me pregunto cómo saldremos del entuerto en que nos encontramos.
Estamos enfrentando múltiples desafíos internacionales, desafíos que pudimos y debimos anticipar, pero no lo hicimos. Una vez más, estamos llegando tarde y enfrentamos una compleja encrucijada.
Durante la primera administración de Trump ya supimos del “malestar” existente en EE.UU. debido a la creciente influencia de China en su “patio trasero”. Y nuestras autoridades no desconocían los riesgos asociados a la “intensificación” de relaciones con el gigante asiático, en particular, por su acceso a recursos naturales y mineros, y control de infraestructura crítica, en algunos países de la región.
En más de una ocasión, pagamos el costo de mantener una “relación estratégica” con China, pero al parecer no tomamos nota, o nos engañamos al creer que nadie podría imponernos condiciones en nuestra política exterior. Y como tenemos la tendencia a improvisar, no nos preparamos para lo que vendría. Más aún, “le dimos con todo pa’elante”, y durante la actual administración batimos el récord con la pomposa visita de Estado en 2023.
Ahora, durante esta segunda administración Trump, hicimos caso omiso del “currículo”, experiencia y “postura” del círculo más cercano al presidente estadounidense en materia de “seguridad”, y su correlato en las relaciones internacionales. Todo ello “apuntaba” a un “endurecimiento” en la administración estadounidense en su relación con América Latina, y que la “mano venía muy dura” con MAGA y America First.
Somos una nación soberana y nos mantuvimos “firmes” e “independientes”. Pero ahora –como bien sabemos– estamos como “el jamón del sándwich”: bajo presión de EE.UU. por nuestra “estrecha” relación con China y, al mismo tiempo, dependientes del comercio con esta última. ¿Y, por dónde va nuestra respuesta?
Es sorprendente. Ahora que se “destapó” la crisis del cable submarino a Hong Kong, salió a “flote” en la prensa nacional el enorme porcentaje de nuestras exportaciones destinadas a China. Números más, números menos, la cifra fluctúa entre 38% y 39%, dependiendo de los años referenciados. Esta cifra es escandalosa, y me parece sorprendente que recién tomemos conciencia del grado de dependencia de nuestras exportaciones del mercado chino.
Y –todavía– hay muchos que insisten en profundizar estas relaciones, aun cuando se diga que el objetivo es diversificar las exportaciones y agregarles valor. Hoy, sin embargo, vamos en la dirección contraria y casi el 84% de las exportaciones a China son, básicamente, mineral de cobre, cobre y frutas. Claramente, esta cifra es preocupante y, una vez más, “no la vimos venir” o, peor aún, simplemente la ignoramos.
Se podría argumentar que, hasta ahora, no estoy agregando nada nuevo a esta discusión. Podría ser. Sin embargo, no estoy solo recordando y destacando la preocupación de Estados Unidos por la creciente influencia económica, tecnológica y política de China en la región, sino que también intento destacar que recibimos diversas “señales” a ese respecto y no podríamos argumentar que no lo sabíamos.
De hecho, temas como la participación de países latinoamericanos en actividades y “acuerdos estratégicos” de la Segunda Ruta de la Seda, la “penetración china” en el comercio de la región; y la participación de China en el financiamiento y desarrollo de proyectos de infraestructura crítica, son todos temas bien documentados y eran –o debieron ser– de conocimiento de las últimas administraciones.
No obstante, lo ignoramos, no “medimos” correctamente el posible impacto en la geopolítica regional, lo que sea, pero el “incidente” del cable a Hong Kong terminó creando un gran “desconcierto” e “incomodidad” tanto en la actual como en la futura administración.
Todo esto, una vez más, deja al descubierto que “estamos al debe” en materia de una política de Estado. De hecho, estamos improvisando en este y en muchos otros aspectos de nuestra integración al mundo, y tengo la firme impresión de que seguiremos en lo mismo. Las autoridades y prioridades que, al parecer, tendría la próxima Cancillería así lo presagian; un Minrel más orientado a los negocios que a conducir las relaciones internacionales de Chile sobre la base de una política exterior de Estado.
Entonces, ¿qué hará la nueva administración? La “tiene” muy difícil. ¿Seguiremos “pegoteados” a China y “tocándole la oreja” a Estados Unidos? O ¿nos refugiaremos bajo el ala del Shield of the Americas de Donald Trump? Riesgoso, pues este último podría ser enjuiciado políticamente si pierde las elecciones del Congreso, en noviembre.
¿Y si intentamos albergarnos bajo el ala de Unión Europea? Imposible con el Minrel que nos han anunciado, aun cuando la UE nos diese un trato preferente. ¿Multilateralismo? Tampoco ayudaría mucho mantener nuestro apego irrestricto al multilateralismo, ya que sus instituciones y mandato se están quedando sin dientes.
La próxima administración enfrentará un complejo panorama internacional. El “destape” del cable chino a Hong Kong nos “pilló, literalmente, con los pantalones abajo” y sin una clara política de Estado para vincularnos con el mundo.
No obstante, creo, siempre hay una “salida”, pero debemos pensar en el largo plazo, tarea nada fácil en un medio político que incentiva el “cortoplacismo”. Esa mirada de largo plazo debería “traernos de regreso al barrio”, aun cuando hasta ahora la integración regional no ha ido más allá del eslogan o de instituciones “desdentadas”, que han servido para darle el marco a la proliferación de tratados comerciales que tenemos en la región, pero aún sin integración.
El sector agroalimentario, no obstante, sin estridencias ni anuncios pomposos, avanza en la complementación e integración productiva y comercial. Casi sin excepciones –como región– América Latina es autosuficiente en materia de alimentos de primera necesidad.
Hemos avanzado considerablemente en seguridad alimentaria, pero podemos seguir avanzando en materias de sanidad animal y vegetal regional, facilitación del comercio regional, estandarización de normas y de regulaciones, y la integración de medianos y pequeños productores y exportadores a las redes comerciales, sentando las bases de la integración agroalimentaria regional y, así, avanzar a la integración económica. Y necesitaremos consensuar una política nacional a este respecto. Difícil, pero se puede.
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