De la guerra, mejor no hablar
Hablar de la guerra, entonces, no como una abstracción, sino como el conflicto del que somos testigos a nivel global, puede ser, por el contrario, una salida, aunque sea pequeña.
Suelo contar la anécdota —si es que puedo llamarla así— de que, de niña, cuando me ponía “mañosa”, mi papá, como buen descendiente de migrantes yugoslavos que huyeron de las guerras austrohúngaras, me advertía: “Cuando venga la guerra, vas a comer guarenes”. Era fines de los años ochenta y, salvo la dictadura —que no fue una guerra, por cierto—, no había cómo imaginar que viniese una. Él no hablaba en condicional; lo hacía con convicción. En cambio, para mí la guerra era algo lejano, tanto geográfica como temporalmente. La estudiábamos en las clases de historia universal y de historia de Chile.
Aprendíamos sus fechas, causas, triunfos, próceres y los nombres de batallas y desembarcos. Nunca números: cantidad de ciudades destruidas, prisioneros de guerra, ejecuciones, soldados caídos y civiles, llamados con el eufemismo de “daños colaterales”. Por ningún motivo empleábamos palabras como exterminio, crímenes de guerra, injusticia y horror. Eran guerras de “papel”: pruebas, libros de materia, cronologías que nos ofrecían un “juego de lenguaje” en el que bastaba con dar vuelta a la página y no hablar más de ellas, sin detenernos a pensar qué comían, cómo dormían o cómo sobrevivían sus víctimas.
A marzo de 2026, más........
