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Amarillos

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22.02.2026

El pasado 12 de febrero la copia de una resolución del Servel, acompañada de un “oficio conductor”, comunicó a trece partidos políticos que su registro legal será eliminado el próximo 4 de marzo y que sus militantes serán a su vez borrados de los registros correspondientes. Se les informaba así, con elegancia funeraria, que desaparecían. Entre esos partidos estaba Amarillos por Chile, el partido al que me integré con ilusión y en el que milité con esperanza durante los pasados años.

Sólo un par de años bastaron para que, quienes fuimos parte de esa experiencia, recorriéramos un trayecto político completo: desde el gesto moral inicial hasta la institucionalización partidaria y luego la desaparición. Una existencia corta que encarnó de manera elocuente el pulso de una sociedad y sobre todo de un orden político que exige transformaciones. Unas transformaciones que, como todas ellas, debe comenzar por el sinceramiento de lo que hoy existe: de la exposición valiente de lo que hoy hace daño. Y Amarillos representó, en una medida que sólo el tiempo podrá ayudar a calificar, un esfuerzo volcado por completo en esa dirección.

No es abusivo decir que el origen de Amarillos se encuentra en el hastío. En el hastío y la franca repulsión que el resentimiento social, travestido de “estallido” y expresado en vandalismo y destrucción insensata, provocó en un grupo de personas que nos atrevimos a criticarlo y, más importante, a criticarlo públicamente. Ambos gestos fueron importantes, porque lo que nuestro país sufría en ese momento no era sólo el vandalismo y el ánimo de destruir todo lo bello y útil que había generado nuestro desarrollo económico y cultural -no en treinta años, sino que a lo largo de toda su historia- sino también porque ese vandalismo parecía contar con un inquietante aval moral. Parte del periodismo, del mundo intelectual y de sectores autodefinidos como progresistas optaron por justificar lo injustificable, relativizando la violencia cuando provenía “de los nuestros” y condenándola sin matices cuando surgía del campo adversario. Ese doble estándar fue, para muchos, la gota que rebalsó el vaso: no solo se estaba frente a un estallido social, sino ante el colapso ético del discurso público. Personas que habíamos militado durante años en partidos de izquierda o centroizquierda comenzamos entonces a sentirnos ajenos en nuestras propias casas políticas.

De esa incomodidad moral y guiados por el ejemplo y la valentía de Cristián Warnken, nació primero una agrupación, luego un movimiento y finalmente un partido. El tránsito fue coherente porque la violencia callejera se transformó en proyecto político mediante una propuesta constitucional que, lejos de cerrar heridas, profundizaba la lógica amigo-enemigo y la polarización política del país. Frente a ello, Amarillos por Chile asumió una posición en ese momento impopular pero clara: no todo cambio es progreso y no toda ruptura es emancipadora. Defender la democracia liberal, el Estado de Derecho y la idea de un desarrollo económico necesario para lograr satisfacer los derechos sociales que con justicia reclaman chilenas y chilenos, pasó así de ser un acto de disidencia cultural a uno de definición política. En ese momento Amarillos por Chile encarnó la decisión -costosa, solitaria muchas veces- de decir No cuando el entorno exigía aplauso y de sostener una posición razonable cuando la épica dominante premiaba el grito y la exclusión.

Se trató, para casi todos los que finalmente nos incorporamos a Amarillos, no sólo de una ruptura y una nueva adhesión partidaria. Fue también el distanciamiento definitivo con la corrección política entendida como obediencia tribal; del rechazo a la lógica que convierte al adversario en un enemigo a destruir; del cansancio frente a una retórica que, en nombre de la justicia social, acepta en lo propio aquello que dice abominar en el adversario. Así, llegamos a Amarillos quienes habíamos militado demasiado tiempo y quienes no habían militado nunca; quienes dijeron antes de tiempo que el régimen cubano era una dictadura y sufrieron por ello miradas torvas durante años desde el mundo “progresista”; los que a veces debieron defender una causa que no compartían sólo porque esa era la actitud “progresista” y los que hasta ese momento no habían tenido un hogar político desde el cual proclamar sus causas.

Y, sobre todo, llegamos a Amarillos quienes creíamos en la necesidad de superar todo aquello. Quienes pensábamos que era urgente generar la voluntad política necesaria para abandonar el pensamiento y la actitud extrema y excluyente que nos ha mantenido polarizados y paralizados como país. Quienes creíamos en la necesidad de generar una fuerza nueva, dialogante e incluyente, una a la que se suele hacer referencia como “centro” aunque sea mucho más que eso, una que razonablemente busque el consenso para llevar adelante realizaciones que perduren en el tiempo y permitan retomar la senda de ese desarrollo económico y cultural que el vandalismo del “estallido” buscó eliminar.

Con ese horizonte, en su breve existencia Amarillos pudo participar en una elección de autoridades locales y otra de parlamentarios, así como brindar su apoyo explícito a una de las candidaturas en la primera vuelta presidencial. En las elecciones locales y parlamentarias, Amarillos decidió no poner su marca en arriendo, como ocurrió con otras organizaciones que llevaron como candidatos a independientes sólo con el objetivo de obtener los votos que les garantizaran la existencia (y el financiamiento estatal); en lugar de ello, en todas esas elecciones compitió con militantes o adherentes que expresaban fielmente sus ideas y propósitos. Y el apoyo a la candidatura de Evelyn Matthei se materializó luego de constatar que era la única que expresaba una voluntad congruente con la aspiración de generar una fuerza política centralizada, incluyente y dialogante, alejada de los extremos.

Ya conocida la inevitable desaparición del partido y decidido por parte de la Dirección Nacional no tomar nuevas decisiones, un grupo de miembros de esa dirección decidió brindar su apoyo, a título personal, a la candidatura de José Antonio Kast y obtuvo de esa candidatura argumentos que avalaron la convicción de que se proponía construir un gobierno amplio, incluyente y dialogante. Los planteamientos que la noche de su triunfo electoral realizaron el candidato electo y el presidente de su partido, así como la composición de su gabinete y posteriores designaciones, han mostrado que esos argumentos se están materializando en la práctica. Desde una perspectiva “amarilla” no corresponde más que alentar la continuidad de esa disposición y la esperanza de que tenga eco en una oposición responsable y constructiva, que contribuya a la estabilidad de nuestro país y a la reanudación de un diálogo ciudadano perdido en días de ruido, furia y ceguera ideológica.

Ahora a Amarillos sólo le queda esperar el juicio de la historia. Quizás ella admita que su legado más profundo haya sido haber demostrado que es posible abandonar el pensamiento extremo y excluyente sin renunciar a la crítica; que se puede disentir sin odiar; y que el consenso, lejos de ser una claudicación, puede ser la forma más exigente de la responsabilidad política.


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