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Desastres naturales y resiliencia ciudadana

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07.07.2026

El 26 de marzo de 1812, jueves santo, la Capitanía General de Venezuela experimentó uno de los episodios más devastadores de su historia física e institucional. Un violento terremoto de magnitud descomunal sacudió de manera consecutiva a Caracas, La Guaira, Barquisimeto, San Felipe y Mérida, dejando una estela de destrucción material y miles de pérdidas humanas. Este fenómeno natural no solo derribó las estructuras de tapia y adobe de las principales ciudades coloniales, sino que también sacudió los cimientos del naciente proyecto republicano que apenas daba sus primeros pasos tras la declaración de independencia. La catástrofe ocurrió en un momento de extrema vulnerabilidad política, lo que transformó el desastre natural en un acontecimiento con profundas repercusiones de carácter social y geopolítico.

La destrucción material fue inmediata, pero el impacto psicológico y la posterior manipulación del evento por parte de los sectores monárquicos resultaron aún más demoledores para la sociedad de la época. Aprovechando el fervor religioso de los días santos y el desconcierto generalizado de la población, los defensores del viejo orden colonial iniciaron una intensa campaña propagandística destinada a quebrar la moral ciudadana. Desde los púlpitos y las plazas en ruinas, se difundió la narrativa de que el sismo era un castigo divino enviado por Dios para castigar la osadía de quienes pretendían romper los lazos de sumisión con la corona española. Este chantaje moral buscaba infundir miedo y parálisis en una ciudadanía conmocionada que intentaba asimilar el dolor de la pérdida colectiva.

Ante el colapso de las instituciones y el oportunismo de quienes pretendían utilizar el dolor ajeno........

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