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El Complejo cultural de El Tamunague del semiárido larense venezolano

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31.08.2026

Complejo cultural de integración o complejo cultural específico regional es el baile de el Tamunangue, según sostiene el historiador Reinaldo Rojas (Historia social de la Región Barquisimeto, pág. 327) , propio de las tierras del semiárido larense, y más concretamente de las poblaciones de El Tocuyo colonial, Municipio Morán, la Ciudad Madre de Venezuela, y de la población de Curarigua de Leal, Municipio Torres, centros poblados ribereños y de la cuenca del “Nilo de Centroccidente”, tal como llamara el sabio Lisandro Alvarado al Río Tocuyo.

Su ligazón intima a la geografía reside en que es un muy complejo baile que se escenifica con gran regocijo en honor a San Antonio de Padua durante los solsticios de verano, a mediados del mes de junio, cuando “los días en que el Sol se queda quieto”, y cuando los días son los más largos del año y las noches las más cortas. Cosa semejante ocurre el 24 de junio con las fiestas de San Juan en las zonas negroides de Venezuela. Para que el Sol llegue a este punto exacto debe darse una inclinación precisa del eje norte-sur de la tierra a 23,4 grados hacia el Sol. Así, el día del solsticio de verano es el punto cuando la luz del día tiene el mayor período de luz, es decir, el día más largo del año. Egipcios, mayas e incas, así como los antiguos arquitectos de Stonehenge también tomaban en cuenta este ciclo cósmico. El solsticio de verano no es solo un evento astronómico, sino que también tiene un profundo significado espiritual. Es un momento de celebración, reflexión y conexión con los patrones de la naturaleza.

Se trata de días de Sol intenso y penetrante que incide de manera muy notable en nuestras emociones y sentimientos, dice Axel Capriles, pues la euforia y alegría que procede de la incandescente iluminación de esos días, se potencian con el vigoroso ejercicio físico, gracia y flexibilidad que supone el Tamunangue. Productos de la geografía del secano, el chimó, el aguardiente del ágave cocuy y de caña de azúcar, animan hasta el frenesí esta compleja danza de siete suites, única en Venezuela y Latinoamérica. Es creación colectiva de españoles, indios, negros y mestizos que producen este folklore cruzado, argamasa idiomática del canto, le llama el novelista curarigüeño Julio Ramos en su novela Los conuqueros, pág. 159, en localidades rurales y urbanas dedicadas al cultivo de la caña de azúcar y cacao durante el régimen colonial.

 Una fragancia dulce que emite el trapiche se transfiere a amos y esclavos en los días en honor a San Antonio, donde el folclore religioso anima la comunión étnica. Se puede interpretar lotmanianamente como el encuentro de tres semiósferas de sentido, esto es, la dominante cristiana hispano-canaria, la aborigen arawaca, y la negroide procedente de África occidental y de las islas de Santo Domingo y Cuba, encuentro que tiene lugar en el semiárido occidental venezolano al calor de las faenas derivadas de la siembra y procesamiento de una planta exótica venida de la India con tránsito en las islas Canarias, su majestad la caña de azúcar.

El Tamunangue o sones de negro podrá conceptuarse como un contrapunteo de esas tres semiósferas tan distintas y desiguales, que a lo largo del régimen colonial se mesclan incesantemente, dando lugar a una manifestación folclórica única en su complejidad melódica, dancística, teatral y vocal, a la par que podrá interpretarse como la expresión semiótica de la unión genética que tienen lugar entre los siglos XVI al XVIII y que tendrá como resultado un tipo étnico de características medias, equilibrado, hombres de tez morena, negra a veces o mestizos, nos dice Francisco Tamayo. “Las profundas diferencias étnicas y culturales, separación de amo y peón, tendrán una pausa en ciertas fechas del año, bajo el influjo del folklore, dice Tamayo, quien agrega “Las fiestas del Santo Patrón, de las Pascuas, de la Santa Cruz, de San Antonio de Padua, de San Isidro Labrador, de los Velorios o del pago de alguna promesa, realizan el milagro de eliminar los desniveles sociales. En efecto, estos festejos de rancia tradición, en los cuales se aúnan practicas del catolicismo con otras que tienen candoroso sentido pagano y una ancestral reminiscencia bárbara, confunden en una democrática unción religiosa al uno con los otros. Es entonces cuando retumba para todos el son de la Perrendenga, de la Juruminga y del Chichibambo. San Antonio, el Tamunangue y el (aguardiente) cocuy no admiten diferencias entre los hombres. La danza de la Cinta y la regocijada Bamba, tampoco. La música dramática del velorio de santo, al impresionar profundamente los espíritus, los hermana ante la solemne percepción de lo sobrenatural”

Sigue diciendo Francisco Tamayo empleando lenguaje freudiano que “Este es precisamente el escenario del Tamunangue, la danza nigralba del cañamelar; el baile de la zafra; el ballet pagano de San Antonio, donde la libido negra se hace rito, bajo el mágico impulso del tambor y la cordial devoción cristiana del varón de Padua; donde el cocuy dinamiza el ritmo y el chimó es acicate mental de los devotos. San Antonio es un Santo muy humano: no le veda a sus creyentes su parca ración de placer, sino que se la depura de malicia y pecado, haciendo del aspecto sexual de la coreografía tamunanguera un natural y fervoroso acto de simbólica liturgia. De esta manera es que el hombre y la divinidad se identifican en la fogadera sagrada de la danza. (Cámara de Comercio del Estado Lara. Guía económica y social del Estado Lara. Introducción y bibliografía del folklore del Estado Lara, págs. 97-98) 

El sabio larense Francisco Tamayo, en 1952, se atreve a afirmar que en el Estado occidental Lara en Venezuela, se reúnen y confunden todos los medios físicos y biológicos del país, y que por ello se ha estado engendrando un tipo humano que es una síntesis humana de todo lo nacional, que es el tipo venezolano por antonomasia. Barquisimeto es el crisol donde se polariza el mestizaje. En Lara nace, pues, lo nacional, lo venezolano, sentencia el sabio sanareño. Arturo Uslar Pietri expresa que “El gran hecho cultural en América Latina es el mestizaje.” “Es una raza nueva, dirá Laureano Vallenilla Lanz, completamente mestiza que formó un pueblo inteligente, enérgico y uno de los más revoltosos de América Latina.”  Es una evidente realidad que América Latina muestra con orgullo al mundo, un palpitante fenómeno étnico cultural que desdice las falaces afirmaciones “científicas” de Sir Arthur Gobineau, quien sostenía en el siglo XIX que el mestizaje degradaba a los pueblos. 

Otra visión, mucho menos optimista de las esclavitudes y el Tamunangue que la de Francisco Tamayo, nos la ofrece Janette García Yepez cuando escribe: “El Tocuyo fue la jurisdicción del hoy Estado Lara donde la población negra tuvo el mayor porcentaje en relación con la población total, llegando a representar en algunos 55 años hasta el 30 %. Según Ermila Troconis de Veracoechea (1977) para 1758, de un total de 6.532 habitantes que tenía El Tocuyo, 1.163 eran esclavos, lo que representó un 18 % de la población. La población negra esclava estaba distribuida entre los cañamelares de los principales fundos del valle tocuyano, a saber: Boro, El Palmar, y hacia el otro extremo de la ciudad, El Molino, la Guajira, entre otros. En la actualidad, podemos aun detectar en estas regiones la mayoría de personas de piel morena o negra de El Tocuyo y allí también pueden ser estudiadas las características culturales de los antiguos esclavos africanos. 

Más adelante agrega Janette García Yépez: “Muchos de estos negros, al igual que lo hicieron en Buría en 1553, se levantaron o huyeron constituyendo sus propios poblados, cumbes o cimarroneras. Igualmente, a pesar de la prohibición colonial del emparejamiento entre distintas razas, lo cierto es que los negros buscaron a través del casamiento con los aborígenes menos privaciones para sus futuras generaciones. Esta población, como lo hemos dicho, no tenía ningún derecho, pero a pesar del sometimiento lograron por la vía del sincretismo y la conformación de cofradías (la hermandad de negros y morenos de San Antonio de Padua, El Tocuyo, 1609), salvaguardar rasgos de su cultura (idioma, religión, hábitos) haciendo uso de los símbolos de la religiosidad cristiana. Como ejemplo de esto podemos mencionar la más representativa manifestación cultural del hoy estado Lara y una de las más importantes del país, como es el tamunangue o sones de negro, o simplemente “los negros”, como tradicionalmente se les denominaba. Janette García Yépez. LAS ÉLITES EN EL TOCUYO, 1870-1930 Tesis para optar al título de Doctorado en Historia. Universidad Central de Venezuela, Caracas.2010. Págs. 55 y 56.

Reinaldo Rojas nos refiere que: Sólo el Tamunangue nos coloca........

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