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Muros cubiertos: De la cueva de Altamira al Orinoco

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“… El arte rupestre del curso medio y alto del río Orinoco, en Sudamérica, se caracteriza por algunos de los grabados más grandes y enigmáticos del mundo, incluyendo una serpiente que supera los 40 metros de longitud…”

Nunca una pared o un muro desnudo. Adornar es algo atávico, ancestral, hay un impulso en nosotros, los humanos, que nos lleva a recubrir, a plasmar en ellos algo de vida, de cualquier forma y por cualquier motivo. Pareciera que, una superficie lisa y fría en el lugar donde habitamos, nos perturba y sentimos la necesidad de imprimirle nuestra presencia. Quizá por eso, en el Paleolítico, la pintura rupestre cubrió la roca de la cueva a falta de paredes y lienzos, y así también, coloridos pictogramas y petroglifos decoraron las piedras que emergían de los ríos o afloraban en las montañas, hoy ellos hablan de nuestro pasado y nos cuentan historias en su jeroglífico idioma. Hay que imaginar el humo espeso que oscurecía el techo de las cuevas, mientras la luz alegre de los hachones bailaba anaranjada en la galería de la gruta y el hombre, con gran esfuerzo, dejaba constancia de su vida diaria usando imágenes y así, sin darse cuenta, iniciaba el arte de la pintura. Fue ese pintor primitivo con sus pigmentos, quien, alumbrado por una antorcha y con gran precisión, nos dejó en las cuevas de Altamira en España o en las de Lascaux y Chauvet-Pont d’Arc en Francia, el testimonio más claro de la necesidad humana de preservar y transmitir su historia y el conocimiento de su ámbito, creó la narrativa visual. Esta inclinación a realizar pinturas sobre las paredes se ha conservado intacta a través del devenir de la humanidad, tanto es así que, mucho más tarde en el Egipto Antiguo, unos 3100 a.C., a los artesanos que cubrían de imágenes las paredes de templos y pirámides los llamaban “escribas del contorno”, ellos nos transmitieron las historias de los........

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