Nuevo pacto civilizatorio
Hace unos días, mientras preparaba la presentación que acompañara el evento en que se daría a conocer el más reciente libro de Agustín Basave, La era de la ira, terminé pensando adicionalmente en otra cosa...
En el tablero político. En las reglas sociales. En la posibilidad de que como humanidad —al menos los del mundo occidental— estemos intentando responder a las preguntas del siglo XXI con categorías políticas inventadas para el XIX.
Quizá los asuntos que nos debieran preocupar como sociedades ya no sean quiénes gobiernan. Esto es, que sea menester dejar de creer que todo debe ser gobernado y regulado.
Durante más de doscientos años construimos nuestras democracias alrededor de una premisa que parecía indiscutible: el Estado era el gran organizador de la vida colectiva. La educación, la seguridad, la información, la infraestructura, la salud, la ciencia, la cultura, e incluso buena parte de nuestra identidad, transitaban inevitablemente por él. Era lógico, entonces, que la política ocupara el centro de nuestras conversaciones.
Pero el mundo empezó a moverse. Y lo hizo sin pedir permiso. Millones de personas trabajan para empresas instaladas en países donde nunca han vivido. Aprenden en plataformas que no pertenecen a ninguna universidad de su ciudad. Construyen redes........
