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¿Neutralizar a Irán o incendiar la región?

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08.03.2026

Desde 1979, la relación entre Washington y Teherán vive en un péndulo de sanciones, amenazas, episodios de guerra por terceros y diplomacia rota. En el medio quedaron el golpe de 1953 que todavía pesa en la memoria iraní, la guerra Irán-Irak que militarizó la región, el acuerdo nuclear de 2015 que intentó contener el expediente y la salida estadounidense en 2018 que volvió a encender la lógica del castigo. Con ese historial, vender hoy la idea de “neutralizar a Irán” como si fuera una cirugía rápida no es solo un error de cálculo, es una manera de negar décadas de evidencia: Irán no es un blanco, es un sistema político, militar y social que se adapta, aprende y responde.

La estrategia militar estadounidense en territorio iraní se presenta como operación limitada, pero los datos filtrados en reportes recientes dicen otra cosa. Se habla de decenas de miles de efectivos involucrados, de una lista de blancos que ya supera los dos mil objetivos atacados y de daños a infraestructura vinculada con capacidades de misiles y posiciones estratégicas. Una campaña que necesita esa escala para cumplir un verbo como “neutralizar” confiesa su propia contradicción: si de verdad fuera “quirúrgica”, no se mediría por volumen, ni por intensidad sostenida, ni por la presión diaria para encontrar nuevos objetivos que justifiquen la continuidad del golpe.

Y la realidad responde con su propio lenguaje. Cuando la operación se vende como disuasión, lo que aparece es un tablero regional más inflamable, con ataques y tensión creciente en puntos donde Estados Unidos tiene personal y aliados. Ya se reportaron seis soldados de la Reserva muertos en Kuwait, un dato pequeño en cifras bélicas pero enorme en significado político: en la práctica, “neutralizar” significa aceptar que la guerra ya cobrando vidas estadounidenses y que el margen de error se encoge. Ese es el punto donde la narrativa del control se rompe, porque el control no se declara, se demuestra, y aquí lo que se ve es escalada.

La ilegalidad no es un detalle moral para rematar al final, es el núcleo del problema. El derecho internacional no autoriza una campaña militar porque suene prudente o porque prometa prevenir un mal futuro. La regla general prohíbe el uso de la fuerza y las excepciones son estrechas: autodefensa frente a un ataque armado y con necesidad y proporcionalidad estrictas, o autorización del Consejo de Seguridad. La lógica de la guerra preventiva, disfrazada de “neutralización”, es precisamente lo que el orden jurídico intentó acotar después de las catástrofes del siglo XX.

Lo más revelador es que la economía global entiende lo que el discurso intenta tapar. El petróleo no cree en comunicados. Reacciona a la posibilidad de que una ruta se vuelva intransitable. En estos días se vio volatilidad fuerte, pero el patrón general es claro: cada vez que la ofensiva se intensifica, el riesgo vuelve a dominar, y con él el precio. En torno al Estrecho de Ormuz, la ansiedad no es abstracta. Reportes recientes han descrito congestión severa y volúmenes enormes varados, del orden de millones de barriles diarios entre crudo y combustibles. 

Si la política exterior se mide por resultados verificables, habría que preguntar con honestidad qué significa éxito aquí. ¿Un Irán más débil o un Irán más convencido de que necesita el máximo disuasivo posible? ¿Una región más segura o un Golfo más nervioso, con petróleo que tiembla y rutas que se estrangulan? 

Catedrática Universitaria: FCPYS (UNAM); UIA; UP; UAnáhuac


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