El intervencionismo según Trump
Donald Trump todavía no termina una guerra cuando ya inicia la siguiente. Digamos que es su versión multitask.
Es harto conocido que, desde el 28 de febrero pasado, Estados Unidos e Israel han lanzado un ataque conjunto contra Irán, una agresión que ha sido bautizada con el nombre de película hollywoodense: Furia Épica. La guerra cumple hoy 13 días y ésta continuará porque Irán no tiene qué perder y porque Trump, aunque diga que ya ganaron, descartó cualquier negociación, salvo una “rendición incondicional” que no va a ocurrir.
Lo notable del momento trumpiano, sin embargo, ya no es Irán. Irán ya está bajo fuego y, para Trump, eso es noticia de ayer. La noticia de hoy es que, con la guerra en curso, el presidente estadounidense está mirando el siguiente objetivo: México, Colombia, Brasil, Canadá y todo aquel país en el continente americano que no se someta a la doctrina Monroe 2.0. Desde su casa en Miami y rodeado de puro presidente latinoamericano de derecha que se subordinaron al plan de “destruir a los cárteles”, este fin de semana Trump acusó al gobierno mexicano de no hacer lo suficiente contra las organizaciones criminales y advirtió que la presidenta Claudia Sheinbaum y su gabinete “tendrán que hacer algo”. Sólo le faltó decir ‘si no quieren que caiga un misil en territorio mexicano’. En uno de sus comportamientos más machistas, supuestamente “imitó” a Sheinbaum para decirles a sus invitados (Bukele, Milei, Kast, Novoa y demás pandilla) que la mandataria se rehúsa a que haya acciones militares en nuestro país. La presidenta, por su parte, rechazó cualquier intervención y dijo no creer que Washington esté considerando seriamente invadir México. Ojalá tenga razón.
Lo digo porque Trump primero suelta el discurso moral. (Antes de bombardear Irán, Trump prometió ayuda a los manifestantes iraníes, tildando la represión del gobierno como una “costumbre”). Luego surge la etiqueta de “terroristas”, “narcos” o “enfermos”. (Trump ha calificado de país “muy enfermo” a Colombia, gobernado por un hombre que “le gusta producir cocaína”; catalogó, además, al CJNG y demás organizaciones criminales mexicanas como “narcoterroristas”). Luego se imponen sanciones. (Cuba, por ejemplo). Luego llega el ultimátum. (El secuestro y el encarcelamiento de Nicolás Maduro). Y luego tiran la bomba. El procedimiento estadounidense es tan predecible que ya debería tener un manual de usuario.
México no sólo se distingue de Irán por su distancia política ante el régimen de los ayatolás. También se distingue por su distancia geográfica de los intereses de Netanyahu. (Irán insistía en que el presidente sionista había sido “aniquilado”). El problema de México es la cercanía incómoda con Estados Unidos y sus intereses en el fentanilo y en los votos republicanos en estados fronterizos. Es decir: no es un asunto de valores su supuesta lucha antidrogas. Si lo fuera, Trump ordenaría el arresto de los Hell Angels, los más visibles narcotraficantes gringos; atacaría el consumo de drogas que es bárbaro; y pararía el tráfico de armas a México (Sheinbaum ha dicho que el 75% del armamento de los cárteles proviene de las armadoras estadounidenses).
Con su habitual claridad involuntaria, Trump lo dijo en su mensaje de Año Nuevo: “Nuestro objetivo es tener países a nuestro alrededor que sean viables y exitosos y donde se permita que el petróleo salga libremente”. Y agregó: “El dominio estadounidense en el hemisferio occidental no volverá a ser cuestionado”. Ahí está todo. Sin metáforas, sin eufemismos. El hemisferio como propiedad privada. Los países vecinos como sucursales que deben reportar resultados o atenerse a las consecuencias.
Trump tiene toda la intención de intervenir en Latinoamérica. ¿Tendrá la paciencia de terminar una guerra antes de comenzar la siguiente?
POR ALEJANDRO ALMAZÁN
