Noroña, desquiciado
Desquiciado es un adjetivo y encaja en Gerardo Fernández Noroña, que este martes tuvo su Waterloo. El presidente del Senado perdió ese día su centro de estabilidad emocional, su equilibrio y su control, cuando lo desnudaron en los medios como un hipócrita –otro adjetivo que le queda– al revelar que había comprado una casa en Tepoztlán en 12 millones de pesos. Quien usaba una retórica franciscana, pero aspiraba a ser un Rockefeller, pagó –sin contar intereses– lo que a un trabajador le llevaría 120 años cubrir con todo su salario mínimo.
La difusión de la adquisición lo desestabilizó emocionalmente y, como se dice coloquialmente, perdió los estribos y fustigó con su lengua obscena a Azucena Uresti y a Ciro Gómez Leyva, que en sus programas de radio matinales criticaron la incongruencia de Fernández Noroña, y más tarde, en el programa de Pepe Cárdenas, de quien ha sido colaborador hace algunos años, perdió el control y se exasperó cuando le preguntó sobre la zacapela que acababa de protagonizar en el Senado con su compañero de cámara Alejandro Moreno, líder del PRI.
Fernández Noroña ha encarnado durante años el epítome de la beligerancia sin discurso, y ha cultivado una imagen de rebelde indómito, hábil en la provocación, pero escaso en sustento. Su trayectoria política no es una narrativa de propuestas, sino de escenificaciones teatrales donde lo único constante es su propia altanería. Al senador lo define su capacidad de navegar entre trampas retóricas y en sus contradicciones epopéyicas. Arremete con insultos, pero exige respeto. Se........
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